Autobiografía, autocaricatura.

Todo comenzó un veintisiete de junio del año mil novecientos noventa y tres en Ferrol, llegué a este mundo gritando, llorando, quejándome. Estas tres acciones pueden definir lo que siento en estos momentos respecto a la reforma educativa, donde solo importan los conocimientos, ser productivos para la sociedad. Los valores no son importantes, la autoestima tampoco. Ni que decir tiene que la evolución tecnológica escolar, donde palabras como “PROYECTO” y “ABALAR” son usados para atraer “clientela” y no para desarrollar al máximo todo tipo de habilidades de los niños y niñas, al los que debemos toda nuestra dedicación.

¿Cómo han llegado estas ideas a mi cabeza? Empecemos, como no, por el principio.


He tenido una infancia maravillosa, preciosa; y la suerte de tener unos padres que valoran mi imaginación y decisión, intentándola potenciar al máximo. ¿En la escuela? Ha habido de todo.

Comencé la Educación Infantil con cuatro años, en un colegio urbano concertado situado justo al cruzar la calle de mi casa. Era realmente bonito, los amigos y amigas eran fantásticos y tenía una maestra inmejorable, Charo. No solo aprendíamos a leer o escribir, sino que hacíamos muchos juegos de percepción espacial (como esconder una pelota en una zona de la clase y buscarla con la ayuda de los compañeros/-as, que decían “frío” si se estaba lejos y “caliente” si se estaba cerca; o a dibujar una determinada figura que la maestra le enseñaba a un compañero/-a, el cual iba dictando por figuras para que lo pudiéramos representar).

En general estoy muy contenta con los recuerdos que tengo respecto a mi Educación Infantil, tanto con la maestra (que siempre recordaré con mucho amor por ser cercana, cariñosa y dedicada) como con la formación recibida, a nivel académico y personal (trabajábamos mucho en equipo y compartíamos absolutamente todo).

Mi cambio a la Educación Primaria fue significativo, ya que mi padre y madre decidieron cambiarme para un colegio público también cruzando la calle de nuestra calle.

Era un centro realmente grande, con un montón de zonas para jugar, árboles, pistas de baloncesto y fútbol, un circuito de bicicletas y un parque con columpios y toboganes.

Por suerte, al ser aun tan pequeña, no tuve problemas para volver a integrarme en la clase, y allí me quedé toda la Educación Primaria.

Fue otra etapa muy bonita de la infancia, en los momentos del recreo –creo que muy influenciados por la serie de “La banda del patio”- hacíamos comercios de pulseras de hilo, trenzas en el pelo, concursos de baile…Realmente idílico y divertido, siempre que lo recuerdo me sale una sonrisa.

Siempre participábamos en obras de teatro, bailes, canciones, fiestas…Y se organizaban muchos talleres a lo largo del curso: De reciclaje, nutrición, arte…No importaba el “perder horas de clase”, todas estas actividades se consideraban igual de importantes.

Recuerdo, sobre todo, a la profesora de quinto de Primaria, Julia. Era muy joven, muy cercana a la clase y exigente. Recuerdo que por su cumpleaños le hicimos una fiesta sorpresa en clase, donde cada uno/-a le trajo hasta un regalo. El problema era que solo estuvo sustituyendo a nuestra tutora un año, y no se pudo quedar más en el centro, pero cada vez que íbamos por la calle estábamos esperando verla para poder saludarla y darle un abrazo, y así fue varias veces, y luego competíamos por saber quien la había visto más veces.

Las sesiones de las materias “propiamente dichas” del Curriculum de Primaria se desarrollaban (a lo largo de los seis años) de forma bastante similar: Se seguían los libros. La lectura de los temas, actividades, examen.

Esta idea se extendió a lo largo de la Educación Secundaria Obligatoria y el Bachiller (aunque el centro educativo era muy familiar, y se organizaban muchos festivales, obras de teatro, conciertos, fiestas conmemorativas, concursos…Aunque dentro de las aulas el método de enseñanza seguía siendo tradicional). Sobre todo en los dos últimos años, donde la máxima prioridad siempre fue aprender la mayor cantidad de contenidos posibles, ya que estaba presente la selectividad, donde los profesores y profesoras recibían elogios o reprimendas por las notas sacadas por los alumnos/-as (notas, que no aprendizaje).

Me gustaría destacar la anécdota de que mi instituto (el mismo desde primero de la E.S.O hasta segundo de Bachiller) tuvo un 100% de aprobados en mi promoción de selectividad. ¡Ui! Se me olvidó un detalle, de treinta y dos alumnos/-as que éramos en clase solo pudimos ir ocho a pasar estos exámenes, quedando algunos para septiembre con una, dos o tres materias pendientes.

Sin embargo, he de destacar que el uso de las nuevas tecnologías durante todo mi período escolar ha sido continuo.

Desde la Educación Primaria he tenido clases de informática. Cada cierto tiempo (creo que era de forma anual) compartía el horario con una materia (lengua castellana, matemáticas y coñecemento do medio). Una de estas clases a la semana se destinaba a ir al aula de informática para aprender el uso básico de un ordenador (utilizar el “Paint”, copiar letras en el “Word” –decorando todo lo máximo posible con imágenes, bordes, diferentes tipografías de letra-), a jugar en determinadas páginas de internet con temas relacionados con el consumo del agua, el reciclaje del papel, el uso del euro…

En la etapa del instituto, hemos pasado por el aula de informática de forma semanal: En las propias clases de informática, en las de matemáticas, biología, economía, música…En estas dos últimas hicimos hasta un blog comunitario. En la primera de forma individual, todos éramos administradores y una vez a la semana, en la sala de ordenadores, preparábamos una  entrada relacionada con algún tema dado en clase; y en la segunda por parejas, en música cada pareja se encargaba de un apartado del blog (donde, también, todos éramos administradores), música tradicional, música clásica, música de los 80, música instrumental… Sin olvidar el horrible sistema de programación que aprendimos a usar en la materia de “Métodos” en segundo de Bachiller, el cual era el único contenido de evaluación para el primer trimestre. El gran “Scilab”. 

¿Aprendimos algo? Considero que sí. La experiencia de los blogs fue realmente fascinante, haciendo que muchos de nosotros/-as nos interesáramos por ese mundo en nuestro tiempo libre. Sin embargo, lo que cambiaría radicalmente sería el “Scilab”. La profesora de la materia de métodos alegaba que agradeceríamos aprender a usar ese programa para cuando estudiáramos una ingeniería (cuando solo había un alumno de treinta que tenía esas intenciones). ¿Conclusión? Todos y todas copiábamos los ejercicios de programación de una alumna a la que se le daba bastante bien.

Esta clase de profesores/-as, que solo piensan en lo que les gusta a ellos/-as,  y pretenden que los alumnos/-as aprendan por ellos mismos/-as sin ningún tipo de orientación, han marcado a lo largo de toda mi vida la idea de que era necesario un cambio en la educación, y que me gustaría formar parte de él.

De pequeña he querido ser muchas cosas: actriz, “moderna”, veterinaria…Hasta que con unos trece años mi hermano mayor me dijo que tenía que ser odontóloga, “ganan mucho dinero y trabajan poco, así puedes permitirte en tu tiempo libre el hacer lo que realmente te gusta”. En plena adolescencia la idea era atractiva, y a mi hermano mayor lo quiero y respeto sobre todas las cosas.

A medida que iban pasando los años, mis ideas iban cambiando: Me gustan los niños/-as y me encanta enseñar cosas importantes para la vida, dejar huella. Fomentar el compañerismo, el esfuerzo, la autoestima, la felicidad, que los sueños se pueden cumplir…Yo quería hacer todo eso, influir en las nuevas generaciones a través de la educación diaria en las aulas, no poner empastes y hacer limpiezas bucales.

Me gustaría decir que cambié de decisión poniéndome firme, sin embargo fue mi madre la que se dio cuenta de que yo estaba muy agobiada. Nadie en mi familia sabía que yo en realidad no quería ser odontóloga, y cuando lo dije, todos se sorprendieron, “¡Nunca nos habías dicho nada!”, me decían. Finalmente, mi padre y mi madre me apoyaron, desde el primer momento, en mi cambio de decisión. A mi abuela le encantaba la idea de que yo fuese maestra, siempre dijo que tenía “mucha mañana” con los niños/-as. Quien seguía sin estar convencido era mi hermano mayor, que cuando supo mi nota en selectividad dijo que era “desperdiciarla haciendo esa carrera, cuando podía estar haciendo muchas otras”.

Yo continué con mis convicciones, apoyada por todo el mundo. Ahora que estoy en cuarto puedo confirmar que fue lo mejor que pude hacer y, como anécdota, mi hermano mayor empezó a estudiar a distancia la carrera de criminología para ascender en su trabajo (es policía nacional) y el año pasado, hablando con él de “el maravilloso plan bolonia” me dijo que –quizás porque estudiar una carrera le abrió la mente- la educación era la base de la sociedad (gracias a la materia “Historia de la Filosofía” por existir en criminología) y que se había alegrado de que hubiese ido por esa rama, que confiaba plenamente en mí . Ahora todo es perfecto.

Y con las prácticas se confirmó esa idea de que esto es lo mío, de que he nacido para ser maestra.

 

En general, esta experiencia en la vida, la universidad, (que está a punto de terminarse) es de lo mejor que el Estado nos puede proporcionar (aparte de unas convocatorias anuales de oposiciones, claro).

Ha supuesto un enriquecimiento personal enorme. He madurado, he vivido nuevas experiencias y he aprendido a “sacarme las castañas del fuego” yo sola. Siempre acompañada de mis amigos de toda la vida (casi todos vinieron a Santiago también), los nuevos (a los que no cambiaría por nada en este mundo) y mi maravilloso novio (que ha hecho esta experiencia aun más especial).

A nivel formativo…tengo muchas ideas contradictorias. Hemos tenido malos profesores: a los que no les importaba si aprendíamos, que humillaban en clase, que buscaban dar los menos datos posibles para ayudar, que no preparaban las clases, que están más interesados en la investigación que en la docencia; Pero también hemos tenido la suerte de conocer a muy buenos maestros (sí, maestros/-as), que contestaban a los correos electrónicos, que estaban en las tutorías, que transmitían el amor de enseñar, que facilitaban la materia de estudio, que sabían tu nombre y conocían tus intereses propios (intentando compaginarlos con “el temario”).

Obviamente, lo bueno siempre supera lo malo, sin embargo sí que noto cierta carencia en nuestra formación como docente, ya que la gran mayoría de las materias se han basado en “dar contenidos históricos del temario” y no en la propia aplicación didáctica en las aulas de Educación Primaria.

Pero, por fin, en cuarto curso tenemos la posibilidad de escoger nosotros y nosotras algunas materias que queremos cursar.

A parte de mi mención en “atención a la diversidad” (la cual me parece básica para cualquier maestro/-a para conocer la realidad de las aulas y trabajar con ella de la mejor forma posible) he escogido “Educación emocional” en el segundo cuatrimestre (en la cual se van a dar conceptos muy importantes que deberíamos saber de otras materias de primero, de las cuales tenemos cero recuerdos por la ineficacia de esa “formación básica”) y “Experiencias de aprendizaje en la Era Digital”, ya que considero que mis conocimientos informáticos a nivel educativo son realmente insuficientes.

¿Ha contribuido la Universidad de Santiago de Compostela a ampliarlos? Desde luego que no. Solo hemos tenido una materia relacionada con las nuevas tecnologías (TIC) -en el resto solo se usan para el campus virtual- y no se ha aprobado la mención en la misma (lo cual me parece deleznable).

Como no me parece que el uso de las nuevas tecnologías sean imprescindibles he tenido la suerte de que exista una optativa que me abra más el camino a saber cómo usarlas correctamente (si es que finalmente se ha podido solucionar el problema con el solapamiento de horarios, claro).

Tenemos que ser consecuentes con la realidad que vivimos, y esa es la digital. Cuanto mejor nos adaptemos y aprendamos sobre ella, mejor sabremos aprovecharnos de sus ventajas para facilitar el aprendizaje en las aulas, sirviendo al mismo tiempo para la vida cotidiana. “Educar en la realidad”.

Todas estas ideas hacen que me plantee una pregunta “¿Estoy preparada para ser maestra?” Yo creo que sí. Tengo ilusión, ambición, ganas de educar a los niños y niñas en bases críticas y libres con amor hacia la creatividad, imaginación, lectura y sueños.

Obviamente siempre se mejorará, ya que una maestra tiene que estar en continua formación (lo que también me encanta). No estancarse, seguir estudiando y aprendiendo cada día para mejorar en la labor docente. Hacer lo que siempre sea mejor para los niños/-as.

Eso es lo que tengo claro a día de hoy. Respecto a mi futuro educativo…No tengo las ideas muy claras.

La gran duda que se me plantea a lo largo de esto este año. ¿Y si no entro en el master de Psicopedagogía? Solo hay 25 plazas y cuesta 5.600 euros. ¿Me cuenta esa titulación para las oposiciones? Si no entro ¿me preparo las oposiciones? Pero ¿debería hacer otro master que en realidad no me gusta para tener más puntuación?

Preguntas y solo preguntas.

Lo que sí tengo claro es que me encantaría empezar a trabajar en un colegio  cuanto antes, sin dejar de estudiar nunca.

En conclusión, he tenido un largo recorrido a través del sistema educativo español, con sus cosas buenas y malas, pero reconfortante a nivel personal para crear las bases que me hicieron escoger esta carrera.

Estoy en el último año del grado, y aun me queda muchísimo por aprender, espero que con una muy buena práctica y con unos ideales firmes de educación de calidad, igualitaria, creativa y útil para la vida diaria.

Comentarios