Menos nociones y más humanidad

El campo de la educación está marcado por reformas continuas que se suceden unas a otras. Esto es una muestra de la incapacidad de crear sistemas lo suficientemente flexibles como para autorrenovarse poco a poco y adaptarse al medio social constantemente. Imbernón (2007) hace referencia a esta problemática señalando “Que la administración esté buscando o dando soluciones simples y lineales a problemas más complejos o no sepa qué respuesta hay que dar”, así como, “de otro lado, las propias instituciones educativas parecen desorientadas debido a las múltiples consignas que reciben, al exceso de responsabilidad y al análisis crítico del que son objeto”. Resaltando a su vez otros dos aspectos preocupantes: que el profesorado no está en armonía con la realidad tal y como es y que tampoco existe una situación de “armonía” entre la administración y el profesorado.

Si pensamos únicamente que la formación del profesorado es el remedio, olvidando otros elementos, el debate sobre la formación del profesorado se sesga y limita a intentar cambiar a las personas (conocimientos, hábitos, actuaciones…). De este modo, como recalca Imbernón (2007) nos encontramos con profesores y profesoras más informados y, muchas veces, más aburridos, pero nada más.

Ferry (1983) señalaba también que más formación no implica necesariamente mejores profesionales. Refiriéndose, al igual que Imbernón, que también es necesario  aludir a otros componentes de la formación del profesorado. En el caso de Ferry, destaca las medidas (contenidos, modalidades, estrategias, recursos, formadores…) y los sujetos.

El profesorado debe luchar para encontrar el equilibrio adecuado entre las fuerzas “en conflicto” dentro de un contexto definido por sus propios objetivos, las expectativas de la comunidad y las necesidades de los alumnos. En un escenario en el que cobra importancia el trabajo en grupo, establecer vínculos afectivos entre el profesorado, las decisiones colectivas, la participación de otros sectores sociales en el campo educativo.

Corriendo el riesgo de la desmotivación del profesorado, el desinterés y la angustia, la desesperanza, el abandono del compromiso e incluso la depresión. Entre algunas de las medidas para no caer en este “lado oscuro” Imbernón (2007) propone una serie de medidas, entre las que estarían:

-          Compartir criterios comunes entre los que trabajan en las instituciones educativas (que no es únicamente el profesorado).

-          Una mayor autonomía compartida (no desregularización).

-          Formar a la persona, al sujeto docente en las actitudes y las emociones.

Es en esta última en la que me centraré en esta entrada: Formar al docente y al alumno en actitudes y emociones, de cara a un aprendizaje social y emocional para la vida.

Cuanto más compleja y tecnificada es una sociedad, más importancia adquieren el ser humano y los vínculos que establece. La formación debería conceder más importancia a las actitudes, abarcando los ámbitos de lo personal, lo colaborativo y lo social. Las actitudes, la comunicación, el trabajo en grupo, el análisis de los problemas y de los conflictos y la colegialidad en el desarrollo personal del profesorado.

“De todos los trabajos que son o que aspiran a ser una profesión, sólo de la enseñanza se espera que cree las oportunidades para fomentar las habilidades y capacidades humanas que deben permitir a individuos y organizaciones sobrevivir y tener éxito en la sociedad del conocimiento actual” (Hargreaves, 2003).

Las emociones básicas y universales, son intangibles, pero es con lo poco que llegamos al mundo. La educación debe implicar también a esta dimensión de la persona, atendiendo a habilidades esencialmente humanas, como defendía David Goleman en su libro Inteligencia emocional (1995) tales como “el autoconocimiento, el autocontrol, la empatía, el arte de escuchar, resolver conflictos y colaborar con las demás personas” para llegar a una educación integral tanto de los alumnos como de los profesores. “Distintas pruebas científicas demuestran que los niños educados con prácticas afines a estos criterios son más felices, confían más en sí mismos y son más competentes social y emocionalmente” esta idea se resaltaba en el documental “El aprendizaje social y emocional. Las habilidades para la vida”. Y, es que, las competencias emocionales ayudan a mejorar de manera significativa como nos desarrollamos en la vida, desde los resultados del trabajo hasta las relaciones personales.

Una de las claves es comprender que la inteligencia no es escasa, singular, fija e individual. La inteligencia, en cambio, es universal, múltiple, infinita y compartida. Desarrollar la propia inteligencia emocional y la de los demás se convierte en una meta a conseguir dentro de la enseñanza. Al hablar de Inteligencia emocional, se hace referencia a competencias tales como:

-          Saber que les pasa por dentro e identificar los sentimientos de los demás Conocer y ser capaz de expresar las propias emociones.

-          Ser capaz de identificarse con las emociones de los otros.

-          Aprender a gestionar las emociones básicas y universales Ser capaz de supervisar y regular las propias emociones para que no escapen a nuestro control.

-          Diseñar, ejecutar y evaluar soluciones responsables a los problemas.

-          Resolver conflictos y mantener relaciones equilibradas y “sanas” con los demás. Rechazar aquellas decisiones que impliquen violencia y agresión.

La formación ha de introducir tanto en el proceso como en la metodología ápices más actitudinal que permitan mostrar las diferentes emociones, con el fin de que los profesores puedan mejorar la comunicación, convivir dentro de las instituciones educativas y transmitir esa educación a los alumnos y alumnas. La formación en actitudes (cognoscitivas, afectivas y conductuales) ayuda al desarrollo personal del profesorado, favorece la mejora de las relaciones con los compañeros y con el alumnado, la revisión de las convicciones y creencias sobre la educación y el contexto social. Favoreciendo también el manejo de las emociones, la motivación, la empatía… y, sobre todo, el desarrollo de la autoestima docente, lo que favorecería una motivación intrínseca del profesorado.

Hargreaves (2000, p. 815) hace alusión a las “geografías emocionales” como formas tanto de acercamiento como de alejamiento emocional. Distinguiendo entre:

-       Geografías socioculturales: las diferencias entre los diversos estamentos de la escuela hacen que la relación no sea “natural”.

-       Geografías morales: las finalidades de la escuela no coinciden con las de la comunidad educativa. 

-       Geografías personales: las diferencias entre los docentes crean distancia entre ellos.

-       Geografías políticas: la jerarquía y las relaciones de poder impiden una comunicación y relación fluida. 

-       Geografías físicas: no existen encuentros que posibiliten una mayor relación entre el profesorado, el alumnado y la comunidad.

El profesorado necesita una formación que le ayude a utilizar esas “geografías emocionales” para conseguir una mayor y mejor relación entre los diferentes participantes dentro de los procesos de enseñanza y aprendizaje.

 

Y todo esto ¿Cómo se puede reflejar en la práctica de la formación?

  1. Reflexionar e intercambiar con el profesorado acerca de las conductas educativas, las realizadas y las deseadas, para motivar el desarrollo de nuevas conductas.
  2. Potenciar la autoestima y las habilidades sociales.
  3. “Desangustiar” al docente con técnicas cognitivas (solución de problemas, clarificación de valores, inoculación del estrés, sensibilización encubierta, etc.).
  4. Intercambiar buenas prácticas.
  5. Desarrollar un comportamiento asertivo para comunicarse de forma efectiva.
  6. Animar a experimentar nuevas prácticas educativas y someterlas al debate.
  7. Potenciar la reflexión sobre uno mismo, valorando los esfuerzos.
  8. Crear en la formación un ambiente adecuado para el debate, el intercambio, y la reflexión.

En los procesos de enseñanza y aprendizaje se han de facilitar saberes, experiencias, fomentar hábitos, aprender contenidos, conceptos… Una educación que, en suma, debe tener como principio la defensa del sujeto como ser integral e integrado en la sociedad, facilitándoles las herramientas necesarias para desenvolverse a lo largo vida. Y para ello es necesario combinar la razón y la emoción.

“Las personas olvidarán lo que hiciste, las personas olvidaran también lo que dijiste, pero las personas nunca olvidarán lo que les hiciste sentir”. Maya Angelou

Para poder llevar a cabo todo este discurso es fundamental tener unos hábitos profesionales tales como la reflexión, crítica, evaluación y colaboración. En un contexto en el que se pide la excelencia y se olvidan de que, como ya dijo Aristóteles, “Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia entonces, no es un acto sino un hábito”.

 

Referencias bibliográficas y documentales:

  • Hargreaves, A. (2003) Enseñar en la sociedad del conocimiento. Capítulo 1: Enseñar para la sociedad del conocimiento: educar para la creatividad. pp. 19 - 42. Ed. Octaedro, España.
  • Imbernón, F. (2007). La formación permanente del profesorado. Nuevas ideas para formar en la innovación y el cambio. Barcelona: Graó.
  • Montero, L. (2011) “El trabajo colaborativo del profesorado como oportunidad formativa”. En Participación Educativa, 16, pp. 69 – 88. Accesible en: http://www.mecd.gob.es/revista-cee/pdf/n16-montero-mesa.pdf
  • Documental “El Aprendizaje social y emocional. Las habilidades para la vida” en Redes. Accesible en: