La era digital

Ciertamente han sido días de "desconexión" y no creo que se pueda culpar a la desidia. Se debe más bien a la necesidad personal de contrastar y madurar aquellas ideas que van ensanchando mi acervo cognitivo junto con la oportunidad de ponerlas en práctica en un aula de Primaria mientras las alimento de nuevas y productivas lecturas e interacciones prácticas, individuales y con mis iguales.

Aquí nace la primera de las reflexiones de hoy: ¿es la educación informal la que guía mayoritariamente la construcción del conocimiento personal y motivado?. Yo decido sobre qué temas leo, decido qué aprendo, cómo lo hago, qué es o no importante en mi desarrollo, lo valoro, lo contrasto, lo consensúo con diálogos y prácticas, lo aplico, lo retengo y lo expreso... lo cual supone activar procesos de razonamiento de forma casi involuntaria y de muy alto rendimiento que no sabía ni que existían, configurando al mismo tiempo mi PLE, mi entorno personal de aprendizaje.

Lo cierto es que, lo sepamos o no, todos tenemos un PLE, más rico o más pobre, desde el entorno físico, familiar o de amigos hasta la centralizada escuela, donde aún hoy impera la concepción de que sólo en ella reside el conocimiento. He de reconocer que soy un aprendiz a la antigua usanza, de lápiz y papel, necesitado de sentir el tacto de las hojas que leo mientras las inundo con códigos de color que me facilitan la extracción de ideas y la conexión con mis conocimientos previos. Lo cual no significa que me haya olvidado de “envejecer”, de asumir la evolución social y tecnológica, y no eche mano de ella para multiplicar mi red de aprendizaje. Las posibilidades son inmensas, sin duda, el caudal enorme de información, de su gestión, su flexibilidad y su carácter motivador son indicios suficientes para preferir esta “educación informal” a la “educación preempaquetada” lista para consumir en las escuelas. El símil nace por sí solo de la comparativa entre la escuela tradicional –Web 1.0- y la escuela “conectada” –Web 2.0- donde uno puede no sólo consumir, sino también producir.

En el contexto actual, donde la información fluye a raudales y se renueva constantemente y donde la mayor parte de la sociedad en la que habitamos (contexto distinto y obligado es el de quien no tiene acceso a la Red) está interconectada, y donde “el efecto mariposa” nos recuerda la posibilidad de que un hecho mínimo acontecido en nuestro entorno desencadene acciones importantes en cualquier otro lugar del planeta;  parece lógico que el PLE y sus posibilidades haya acudido con carácter urgente para revisar el modelo educativo de nuestras “cerradas” escuelas. La escuela tradicional que pretenda monopolizar todo el proceso educativo se ha visto superada, se ha quedado obsoleta; e inevitablemente ha de reconvertirse, al igual que su pedagogía y metodologías, a la llamada de la tecnología educativa que ha venido para quedarse. El concepto de PLE, aunque renovado y multiplicado, es precisamente una de las nuevas ideas pedagógicas apoyada no sólo en la aparición de la tecnología, sino también enraizada en añejas teorías psicológicas, sociales y del conocimiento (teoría comunicativa de Habermas, aprendizaje dialógico de Paulo Freire, constructivismo social de Vygotsky…) que nos invita, incluso normativamente desde las leyes y decretos que regulan la educación, a ser “competentes”, autónomos, a tener iniciativa propia, a ser intuitivos, a tener capacidad de análisis y de adaptación, de reprogramarnos en un viaje permanente de formación, a aprender a pensar,… a aprender a aprender.

Lo cierto es que la Administración educativa ha hecho esfuerzos por no descolgarse en el vendaval tecnológico, pero lo ha conseguido? Una de las experiencias vividas nos ha acercado al entorno Abalar de los centros educativos de la Xunta de Galicia; y la verdad es que la sensación de respirar humo en el ámbito educativo no ha hecho más que aumentar. Por un lado, a mi entender, se ha ensanchado la brecha digital al otorgar el equipo informático de modo insuficiente (un aula Abalar para un centro de más de quinientos alumnos/as?), y de no tener en cuenta que los medios de los que dispone el alumnado en un contexto rural no son los mismos que en un contexto urbano. Claro que quizás (no hay más que ver la política agresiva y desertizadora) el objetivo sea no más que “contentar” las pobres expectativas que se le presuponen a las gentes de estos medios más desfavorecidos.

Analizado el equipo y el software instalado, uno se pregunta si el concepto de innovación pedagógica y tecnológica (que en este momento va unido) se ha entendido desde la Administración como una opción que permita el monitoreo a todos los centros educativos mientras legitima un modelo educativo basado en la misma dinámica alienante. Las actividades y la misma plataforma, aunque con posibilidades más enriquecedoras, se han incorporado al andamiaje de consumo de producto “precocinado”. Pocas o nulas son las posibilidades de libertad cognitiva del alumnado y más escasas aún las posibilidades creativas y autónomas. Algunas opiniones conducen al excesivo recelo, al miedo a lo público, al control (control y limitación, desde el inicio de la Humanidad esta ha sido la premisa mediante la restricción a la información, la censura o simplemente con el entretenimiento); uno podría pensar que la escuela adolece de un excesivo egocentrismo. Los alumnos y alumnas, al igual que los adultos, en la escuela al igual que en su entorno no escolar, reciben continuos y múltiples estímulos “del exterior”, y quizá en su filtración, discriminación y estructuración está uno de los grandes objetivos escolares: preparar al alumno/a para ser autónomo y capacitarlo para la vida real. ¿De qué tenemos entonces miedo? ¿de perder el estatus de “centro del conocimiento? ¿o quizás se debe al ego del profesor? ¿es tan duro reconocer que nadie tiene el conocimiento absoluto, que el conocimiento está distribuido y que todos tenemos algo que aprender y que enseñar?

Relacionado con las distintas respuestas que puedan surgir de las cuestiones anteriores, sí puede haber un factor determinante… uno de los sujetos implicados en el proceso de enseñanza-aprendizaje: el profesor/a. Sin duda, el alumnado está receptivo a la entrada de “su” mundo en la escuela, a la entrada de las tecnologías, de la interacción social, del aprendizaje colaborativo o incluso de sus habituales redes de conocimiento. Pero, ¿y el profesor? ¿Estamos capacitados? ¿Queremos estarlo? ¿Es cuestión de tiempo y de trabajo o es cuestión de motivación y de aceptación de nuestro verdadero rol?

Bienvenidos a la era digital!!!