Carta a la tecnología

Querida tecnología:
 
Desde mi nacimiento en el 94 he visto cómo has ido evolucionando poco a poco. Mi contacto contigo ha sido siempre constante y facilitado, dada la disponibilidad de diversos dispositivos electrónicos en casa, así como la posibilidad de recibir una formación sobre cómo utilizarte y las opciones que nos brindabas. Todavía tengo el recuerdo de la vieja televisión del salón (mayoritariamente en blanco y negro y con muy pocos canales a color), dónde había que levantarse del sofá para cambiar de canal, o el momento en el que llegó a casa el reproductor de vídeos VHS y con él, toda mi colección de cintas de películas Disney. También recuerdo con cariño la primera videoconsola con la que tantas horas pasé jugando al Super Mario; el primer teléfono móvil de mi hermano mayor, bastante similar a un ladrillo, con su gran antena e incluso la emoción de comprar el primer ordenador, que hoy en día conservo y sigue funcionando.
 
En un principio el uso que hice de ti fue sobre todo lúdico, ya que las tareas encomendadas que requerían una búsqueda de información eran escasas. Pero en cuanto esto fue cambiando, se agradecía que nos mandaran actividades de este tipo con tal de tener que guardarlas en el disquete (también conocido como disquete flexible) y poder transportarlo de un lugar a otro. Sin embargo, con el paso de los años, la aparición de las redes sociales y el uso de dichas tecnologías fue cambiando. Estaría en 5º curso de Educación Primaria cuando, por primera vez, me registré en el correo de la página de Cola Cao y realicé el primer intercambio de mensajes con mis amigos. Nada comparado con las infinitas opciones con las que contamos hoy en día. 
 
He de decir que siempre te he evitado en la medida de lo posible, ya que no me gustó tener que depender de ti, o que mis responsabilidades lo hicieran. Nunca quise formar parte del colectivo que disponía de redes sociales, aunque tiempo después acabase creando cuentas por presión social. Eso sí, desde que llegó Internet por primera vez a mi casa, no había quien me sacara del Tuenti. Incluso Facebook o Twitter fueron imprescindibles el año que cursé 1º de Comunicación Audiovisual, ya que el objetivo de una de las asignaturas era transmitir y propagar la información a través de dichas redes sociales, otorgándoles un uso más educativo. Ese mismo año, también aprendería a utilizar Dropbox a modo de soporte educativo e intercambio de material.
 
Admito que hoy en día eres totalmente indispensable en mi vida, más de lo que me gustaría, pero debo decir que mi preocupación se incrementa al observar a las generaciones venideras. ¿Qué serán de las costumbres o juegos tradicionales? ¿Qué será de la satisfacción de superar los retos por uno mismo sin acudir a ti? ¿Y de lo bonito de disfrutar de cada momento, en lugar de ver en él un nuevo post para compartir en Instagram, Snapchat o Facebook? Hoy en día, prácticamente cada niño nace con un teléfono móvil bajo su brazo, y en lugar de crear su realidad, a través de ti forman su mundo ficticio, donde se irán acercando a la "cima" a medida que dispongan de las últimas tecnologías del mercado. Y éste será un camino sencillo, gracias nuevamente, a las facilidades cada vez mayores que nos otorgas.
 
No pretendo poner freno a tu desarrollo en una sociedad en la que eres protagonista, es más, te animo a que sigas creciendo. Sin embargo, si pudiera hacerte alguna plegaria, solicitaría que tus innovaciones cohabitaran con las costumbres y tradiciones, sin llegar a reemplazarlos. Te rogaría que delimitases los usos que pudiésemos hacer de ti en cada ámbito de la vida (social, laboral, educativo...) de forma que no se produjeran adicciones o abusos. Finalmente, pediría que tus máquinas no destituyeran a los trabajadores; que tus e-readers no conmutaran a los libros de hojas de papel, y que tus infinitos medios de comunicación no sustituyeran a un café en buena compañía.  
 
Atentamente, Andrea.

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