Colaboración, una persectiva institucional

1-      Necesidad de cambio

Actualmente contemplamos una escuela desfasada con el mundo que le rodea; una escuela que no es capaz de educar al alumnado que alberga; una escuela que prima la función selectiva a la educativa…No es de extrañar que ante esta realidad abramos nuestros ojos y afirmemos que hace falta un cambio drástico. Un cambio que nos ocupa en esta temática es la creación de una escuela comprensiva, adaptada a las necesidades del contexto y del alumnado, con vistas a darle una educación adecuada.

Estamos comprobando cómo la comunidad educativa está empezando a comprender que es intrínsecamente diversa, con grupos especiales que requieren una comprensión minuciosa y una consideración de sus necesidades. “Este cambio de acento ha puesto de relieve que ya no podemos buscar una escuela homogeneizadora, y que los problemas de la institución educativa no radican sólo en aceptar las diferencias de los sujetos -algo que por el contrario nos  enriquece más que nos separa- sino en comprobar cómo la escuela cambia para adaptarse y dar respuesta a esta diversidad, en lugar de concebir que han de ser los sujetos diferentes los que se deben adaptar y ajustar a la escuela” (Lozano, 2001). La escuela tiene que dar cabida a los muchos cambios que se producen en la población escolar y no puede permanecer estática e independiente de los cambios sociales.

Esta realidad palpable que observamos en los centros educativos, nos debe hacer reflexionar sobre qué está pasando con la escuela y qué factores son los que están influyendo para que no se dé en realidad el verdadero cambio, que persiga la calidad de la enseñanza. Estos cambios los podemos ver reflejados en diferentes leyes educativas como la Ley General de Educación del 1970, donde se busca un profundo cambio en la organización de los centros escolares (mejora de la cooperación con la dirección y resto de profesores, coordinación con los demás profesores con el fin de lograr una acción armónica de la labor educativa…). Veinte años después, con la implantación de la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE), podemos observar que los cambios organizativos se quedan cortos para conseguir tan ansiado fin, por lo que se defiende en su articulado la “necesidad de coordinación y de colaboración entre los profesores para poder desarrollar un PEC y un PCC que responda a las condiciones específicas del centro”. De esta manera, vemos como los cambios que se están intentando llevar a cabo están directamente relacionados con aspectos organizativos y con las prácticas educativas que tienen lugar en las aulas, elementos que inciden directamente en la necesidad de colaboración entre profesores.

Las características de la escuela que apuntamos anteriormente (adecuadas al contexto) se basan en la creación de una escuela comprensiva que dé cabida a las exigencias educativas de los alumnos: adaptación al ritmo de aprendizaje, atención a la diversidad…Estas escuela comprensiva tan solo podrá ser desarrollada en un clima donde los profesores cumplan dos premisas: se vean como continuos aprendices de sus prácticas y trabajen colaborativamente, con vistas a mejorar el proceso educativo a través de la reflexión sobre sus propias prácticas, el apoyo mutuo, la confrontación de ideas, la reflexión conjunta, la puesta en común de información relevante, etc.

La realidad de cada centro sobre estos aspectos determinados es mucho más que lo que a primera vista se ve, ya que el compendio de estos elementos forjan una cultura propia, que será diferente en cada centro.

 

2-      La escuela como construcción cultural.

 

Como afirman Pardo y Tobío, “las escuelas son organizaciones sociales que tienen el cometido de educar de forma sistemáticamente planificada e intencional a los miembros de las nuevas generaciones”. Desde la premisa de que la escuela es una organización con determinadas características, podemos aseverar que sostiene una cultura propia. La cultura escolar se puede definir como “los patrones de significado que son transmitidos históricamente, y que incluyen las normas, los valores, las creencias, las ceremonias, los rituales, las tradiciones, y los mitos comprendidos, quizás en distinto grado, por los miembros de la comunidad escolar” (Stolp y Smith 1994). Este sistema de significados generalmente conforma lo que la gente piensa y la forma en que actúa, por lo que será esencial para conseguir el verdadero objetivo de la educación.

Este marco cultural actúa como un “superyo” que supera siempre el cuadro individual de cualquier miembro de la comunidad y que cobra importancia en cada acción desarrollada en su contexto, por lo que afectará a los cambios que intentemos transmitir. Este “superyo” influencia en casi la totalidad de aspectos sociales y pedagógicos de la educación como las formas de relación con el alumnado y con la comunidad, las formas en que se ejercita el poder y el liderazgo, la toma de decisiones, la concepción de educación y orientación, las prácticas educativas predominantes, el aprendizaje dialógico… Como podemos observar, la cantidad de elementos a los que afecta la cultura es enorme, por lo que tendremos que tenerla en cuenta para cualquier cambio que queramos realizar. Así, al igual que con los alumnos tenemos que partir de los conocimientos previos, el cambio en la cultura debe de tener como referencia la historia institucional y el aire que se respira en el centro, teniendo así en cuenta la existencia de una zona de desarrollo institucional.

3-      Organizaciones escolares y culturas profesionales

Con el paso hacia el nuevo paradigma de la  enseñanza es necesario que se produzca un cambio en la escuela para adaptarse a las nuevas exigencias de la sociedad. Aquí el centro educativo es la unidad de cambio donde es necesario que los profesores se comprometan con un trabajo más flexible, que demande tareas adaptadas, relacionarse y colaborar con otros maestros y con los estudiantes, participar en la toma de decisiones, participar en actividades colectivas…De esta manera se rompe la cultura de aislamiento y los profesores colaboran entre ellos y se someten a los cambios propuestos. En este sentido, la colegialidad puede ser una ayuda para reducir la incertidumbre y ayudar a los profesores a reconocer sus limitaciones y poder sí eliminarlas, con vistas a mejorar la práctica educativa, tanto dentro como fuera del aula. Se trata entonces de potenciar una escuela y de formar unos docentes que sean capaces de crear centros educativos comprensivos, que se adapten a las necesidades y demandas de sus alumnos; una escuela que fomente entre todos sus miembros modelos de trabajo cooperativos.

Como decíamos al comienzo del bloque anterior, para que se produzca todo esto, es necesario que se dé un cambio en la cultura escolar. Este cambio debe realizarse de forma colectiva y en consenso, teniendo en cuenta los factores pertinentes. Bajo esta perspectiva, la escuela puede ser pensada desde dos ámbitos completamente contrapuestos. Los centros escolares pueden configurarse como estructuras formales burocráticas, caracterizadas por el trabajo aislado  e individualista del profesorado; o como comunidades colaborativas, que son las que realmente nos interesan y en las que la planificación y el desenvolvimiento son entendidos como tareas de realización colectiva. En este entramado se reconoce la autonomía y la profesionalidad del centro como eje del papel planificador y de ejecutor del currículum. Para mejorar la calidad de la enseñanza entenderemos entonces el centro como unidad básica del cambio, que actuará como modificador de la cultura, de las formas de organización y de las formas de interacción entre los profesores. El cambio de dicha cultura escolar deberá contar con ellos como sujetos activos y no únicamente como receptores de propuestas.

Desgranando un poco más la realidad de los centros educativos en cuanto a la cultura profesional, podemos decir que las organizaciones burocráticas se caracterizan por una estructuración jerárquica que supervisa el trabajo que realiza el profesorado(la organización asume una estructura piramidal, desde la inspección y dirección al resto de comunidad escolar), un control basado en normas y reglamentos, la rigidez y formalización en el funcionamiento, que hacen difícil el cambio y la innovación,  la estandarización en los procesos y en la busca de resultados y las relaciones impersonales que afectan a la toma de decisiones. Sin duda alguna, esta cultura individualista es la imagen más común de nuestras escuelas, cuestión sobre la que debemos de reflexionar para realizar un trabajo verdaderamente pedagógico. Por otro lado, las comunidades educativas se caracterizan por una estructuración horizontal (todos tienen el mismo “poder” y responsabilidad en las diferentes tareas), el liderazgo democrático (no solo el liderazgo, sino un clima de democracia), la implicación personal y confianza mutua, la flexibilidad en el funcionamiento (promotora de cambios), la diferenciación de los procesos para adaptarse a los contextos culturales y a la diversidad del alumnado y las relaciones personales fluidas y comprometidas.

Podemos ver como este “superyo” es casi imposible que sea completamente aceptado en su totalidad por el conjunto íntegro de profesorado y resto de comunidad escolar. Así, podemos contemplar que las pautas de relación entre profesores dan lugar a culturas profesionales predominantes. Entendemos por cultura escolar el conjunto de significados que conforman un modo de ver las cosas respecto de la organización escolar y los procesos de enseñanza – aprendizaje. Esta forma de ver las cosas condiciona las formas de acción de los profesores y las pautas de relación y de asociación entre ellos. A la vez pueden existir muchas culturas en los centros escolares, pero a nivel general podemos tipificar cuatro tipos de culturas profesionales predominantes: individualismo fragmentado, balcanización, colegialidad forzada y cultura de colaboración (Hargreaves, 1991).

-          Modelo Individualista fragmentado: El individualismo define la cultura profesional de los docentes expresada en el trabajo aislado solitario y privado, y es una cultura donde los profesores no quieren/pueden compartir recursos o ideas, de intercambiar experiencias…reduciéndose las únicas interacciones posibles a las charlas informales y poco profesionales en lugares externos al centro. Esta individualidad se expande además hacia el tratamiento que hacen de los espacios y de los tiempos escolares. Además, esta cultura se define porque es un modelo muy arraigado en nuestra tradición, basado en premisas como la visión seccional del trabajo del profesor, la búsqueda de objetivos individuales, la fragmentación de la enseñanza (en cuanto a continuidad de ciclos y procesos de enseñanza-aprendizaje entre profesores), falta de apoyo interpersonal, la preocupación centrada en los muros del aula, un clima jerárquico, etc.

-          Balcanización. Recibe este nombre el modelo de cultura profesional caracterizado por el enfrentamiento entre grupos de profesores que compiten entre sí. En este modelo apenas existe comunicación y es frecuente que se produzcan conflictos por factores organizativos que les afectan como espacios, tiempos y recursos. Posee ciertas características similares al modelo individualizado, pero con el forjamiento de los grupos. Este modelo se puede apreciar especialmente en educación secundaria y tiene peculiaridades inherentes a él como la estabilidad de los grupos (sin oportunidades de intercambios grupales externos de información), el egolatrismo de cada grupo, la idiosincrasia grupal, poco expuesta al resto de comunidad y que puede afectar de forma significativa al proceso de enseñanza-aprendizaje o la estructuración disciplinar.

-          Colegialidad forzada. Este modelo supone un funcionamiento colectivo, pero dado por presión administrativa externa, forzando a los profesores a trabajar en equipos con reuniones conjuntas con el fin de introducir determinadas innovaciones marcadas desde fuera. Con este modelo no se consigue la verdadera colaboración puesto que los profesores actúan de forma obligada, por lo que no se inmiscuyen como deberían para conseguir ese proyecto común. Podemos observar en este modelo la presión de la administración, el ejercicio de un control burocrático de la planificación y de la actividad docente que obliga a los profesores a mantener reuniones continuas, por lo que acabamos logranbdo un “formalismo administrativo” que no repercute en la manera de pensar y de actuar de los profesores.

-          Cultura de colaboración. Este modelo se da en escuelas con un fuerte sentido de la comunidad. Hace referencia a la asociación de personas unidas por vínculos de ideas, perspectivas, metas…en las que “los objetivos comunes transcienden a los intereses particulares de cada individuo” (Pardo y Tobío, 1997). Los miembros de la comunidad escolar deberán compartir una visión de la escuela que desean construir y de los medios necesarios para lograrlo. Esta cultura profesional está caracterizada por aspectos como la colaboración y cooperación entre profesores, la sensibilidad de los profesores ante una realidad con la que están descontentos y a la que intentan poner solución, la voluntad de todos los miembros para la colaboración, la formación permanente, la organización de espacios y tiempos de encuentro para reflexionar y planificar colectivamente y una concepción de educación como proyecto colectivo.

 

3.1- El ideal cultural: aprendiendo a colaborar y colaborar aprendiendo.

Hoy en día, por las dinámicas complejas que tienen las escuelas, nos vemos en la necesidad de buscar nuevas formas de trabajo entre los maestros, que no solamente cambien las relaciones interpersonales, sino que además permitan que el trabajo se vuelva algo agradable para todos. Sobre este hecho, podemos afirmar que para conseguir la tan ansiada calidad de la educación, debemos de primero crear el ambiente propicio para que su semilla pueda germinar. Los niños que se desarrollen en este clima además de sentirse adaptados a un medio propicio para el aprendizaje, pueden tener modelos que estén apegados a la significatividad del aprendizaje.

Trabajar de forma colegiada implica lograr reunir a los actores del proceso pedagógico, y generar espacios de reflexión sobre la propia práctica. Como grupo, consideramos que no hay mayor aprendizaje que el que determina la propia práctica y el compartir las experiencias con los colegas. “En la época que vive nuestra profesión, en donde los requerimientos son cada vez mayores y en donde las presiones sociales aumentan, esto se transforma en un motor para desarrollar nuevas ideas, propuestas, resolver problemas, pero básicamente enriquecer el trabajo y el compromiso que tenemos con los niños que estamos educando” (Robustelli, 2009).

Debemos de dar respuesta a esta presión social, ya que es lo necesario para nuestra profesión. Al igual que el resto de profesiones, los maestros también debemos de aspirar a mejorar en la enseñanza y estar actualizados en las corrientes psicopedagógicas. ¿Acaso nos imaginamos un médico que siga operando a sus pacientes con los medios y las técnicas de hace veinte años? Nosotros, como colectivo de maestros debemos de rendir culto a la actualización y a la mejora, al igual que el resto de profesiones, puesto que la enseñanza es tan importante (o incluso más) como la medicina u otras ciencias.

Bajo esta concepción, debemos de tener presente que la colaboración es algo necesario en nuestras aulas, algo que deberíamos perseguir a toda costa, algo que nos mejoraría a nosotros como personas y al colectivo de magisterio. Para conseguir esta colaboración debemos reunir las siguientes características:

-          Todos sus miembros deben de tener un concepto común del sentido de la educación, guiarse por los mismos objetivos y perseguir el éxito de la institución.

-          Orientarse hacia la meta de favorecer el aprendizaje del alumnado, poniendo los medios para evitar su fracaso que, de producirse, se ve cómo fracaso compartido.

-          Primarse la participación, entendida como aportación del esfuerzo personal para la mejora del centro, por encima de los intereses personales.

-          Basarse en la colaboración entre iguales, en todos los niveles, en la convicción de que se aprende más colaborando que compitiendo.

-          Basar sus decisiones en el acuerdo compartido, en el consenso.

-          Promover una organización flexible, capaz de tolerar las diferencias y de evitar la imposición de métodos que ahoguen el desarrollo individual y la creatividad

 

4-      Mecanismos de una escuela colaborativa: el bordón que acompaña a la melodía.

En las escuelas colaborativas destacan valores como la interdependencia, apertura, la publicidad  de las tomas de decisión es de carácter público, autorregulación, autonomía, participación y comunicación; todo ello en un marco de colaboración con los demás. Todos estos valores deben de ser entendidos como acompañantes directos a la colaboración, ya que cuando hablamos de colaboración no estamos hablando de una entelequia poco formalizada, sino que hablamos de un constructo perfectamente definido que va siempre conjunto con aspectos como un clima democrático, la comunicación, etc.

Hablamos de escuela colaborativa y hablamos por tanto de escuela democrática. Autores como Dewey se pronuncian sobre este punto  considerando que una sociedad democrática es aquella que tiene sentido de comunidad, algo que él asocia a “compartir” y “comunicación”. Para él, formar una comunidad es llegar a tener en común objetivos, creencias, aspiraciones, conocimientos… en definitiva, una conciencia común. Pero estas ideas no se adecuan a lo que se concibe hoy en día, al limitarse la concepción de democracia  a reconocer el derecho a participar en la elección de representantes. En la escuela, el modelo democrático tiene su manifestación en las formas burocráticas de organización, con lo que el reto de una escuela colaborativa se centrará en  eliminar esta barrera, necesitando reconstruir el concepto de “democracia” y poniendo en práctica formas de acción que deriven de la nueva comprensión. De esta forma, debemos de entender democracia como una forma de vida: “Democracia es más que una forma de gobierno; es, primariamente, un modo de vivir asociado, de experiencia comunicada juntamente […] participación [de los individuos] en un interés, de modo que cada uno ha de referir su propia acción a la de los demás, y considerar la acción de los demás para dar pauta y dirección a la propia…” (Giroux, 1992). En esta formulación está presentes los mecanismos básicos de una comunidad colaborativa que son comunicación, participación y conflicto, y que explicaremos a continuación.

A continuación, queremos expresar que los términos de educación y democracia no están exentos de relación, por lo que primero comenzaremos por definir los términos, con vistas a explicitar su vinculación. La Educación significa, ante todo, el sistema de acciones regladas que permite la “humanización” y “socialización” del individuo dentro de un grupo social, adquiriendo información sobre el mundo y hábitos de convivencia y de autocontrol, de modo que pueda proponerse fines personales y modos de lograrlos. Supone, por lo mismo, un proceso de formación personal y autorrealización.  Democracia, por otro lado, es una forma de organizar la polis, es un sistema político. Nos movemos, esta vez, en el horizonte puramente social. Supone un grupo y, con él, un poder social y el acceso al mismo y a su ejercicio. La democracia afirma que el poder reside en el pueblo, que éste se manda a sí mismo a través de representantes elegidos periódicamente, y que éstos condensan tras sí un respaldo mayoritario siempre abierto a la posibilidad de un cambio, de modo que otras posiciones puedan convertirse en mayoritarias, por persuasión y no por imposición. Así, vemos que la educación debe de ser el cimiento de la democracia, puesto que considerando la educación como promotora de la realización personal del individuo, la vía de integración de este en la sociedad, la generadora de ciudadanos activos…vemos como tiene una clara vertiente social. La educación tiene así un papel fundamental en la formación de la democracia. Si los alumnos/as beben desde pequeños un clima democrático serán el día de mañana los que amamantarán la futura sociedad democrática. Así, la educación es el eje propedéutico de una sociedad justa y ética que esté pensada para un proyecto común y no para el individualismo competitivo en el que actualmente estamos inmersos.

Para conseguir este fin, Dewey afirma que es esencial el fomento de la escuela pública, ya que esta “debe ser quien de suprimir los efectos de las desigualdades económicas y asegure la todos los sectores de la nación una igualdad de condiciones para sus carreras futuras”.

A continuación os exponemos tres elementos decisivos para alcanzar la citada colaboración:

4.1- La comunicación

Resulta indispensable la apertura de la comunicación a la hora de reconstruir la cultura escolar de acuerdo con un modelo colaborativo, definiendo la escuela y sus ámbitos como espacios de comunicación y participación abiertos a todos los miembros de la comunidad educativa. La comunicación será directa, libre, multilateral, colaborativa y no manipuladora. Dewey, da importancia también al tipo de discurso utilizado distinguiendo entre comunicación normal, como aquella que es abierta, espontánea, sincera y que busca exponer los propios argumentos tratando de conectar con otras mentes; y comunicación mecánica, la que es ritualizada y encorsetada y que trata de camuflar el propio pensamiento para obtener un fin que no se hace directamente explícito.

Es esencial que esta comunicación tenga espacios y horarios libres y no reducir esta a sesiones formales, que pueden llegar a tener un efecto negativo tanto para la comunicación como para la participación. En este ámbito, el diálogo ofrece a cada uno la oportunidad de expresar sus convicciones, sus argumentos y de escuchar los puntos de vista de los demás. El resultado del mismo deberá ser “una construcción progresiva de un mundo de significados compartido que permita el acuerdo a la hora de tomar decisiones sobre el proceso educativo” (Dewey, 1992). En una escuela colaborativa, las decisiones deberán ser tomadas por consenso para poder llegar a una elaboración conjunta de los proyectos a realizar.

Para promover la comunicación contamos con diversas estrategias a las que podemos recurrir, como por ejemplo la creación de espacios efectivos de comunicación (Claustro, Consejo Escolar…No reduciendo la comunicación a estos espacios, pero sí teniéndolos en cuenta), propiciando la comunicación directa, favoreciendo la comunicación libre, impulsando la comunicación multilateral y/o promoviendo la comunicación colaborativa.

Si conseguimos todo esto, obtendremos los resultados positivos de la comunicación, evidenciados en aspectos como el aprendizaje de los sujetos activos, el apoyo mutuo, el comparto de problemas, toma de decisiones grupales…ya explicitadas en otros apartados.

 

4.2- Participación

 

Este elemento es considerado como la extensión de la comunicación y que introduce la toma de decisiones. Debemos de impulsar una participación colectiva en el centro y por parte de todos los sectores de la comunidad. Actualmente, podemos observar que el predominante modelo burocrático inhibe o disuade la comunicación por medio de mecanismos como la formalización y la regulación excesiva, el control de la comunicación, la toma de decisiones por parte de personas o grupos de poder o el control de la información relevante.

Debemos de evitar en todo momento esta visión sesgada de la participación, puesto que este hecho no se considera una real participación, ya que tan solo quedaría resignada al sector burocrático-formalista. Por la contra, debemos de promover espacios y tiempos en los que sea posible la comunicación sobre la planificación y la toma de decisiones; ejercer un liderazgo democrático, renunciando al uso autoritario del poder;  trasladar y concienciar a la comunidad de la responsabilidad del control conjunto; y tratar de ayudar a los demás a construir un marco comprensivo, de apoyo mutuo. Con estos procedimientos tendríamos en nuestro centro un clima mucho más propenso a la mejora del aprendizaje y a la ejercitación de la democracia.

 

4.3- Conflicto

 

La actual sociedad en la que vivimos muestra diversos aspectos relacionados con la competitividad, la consecución del poder, etc. Esta cultura según nuestro punto de vista es considerada como punitiva, ya que penaliza de manera grave los errores. Continuamente decimos que la escuela es el espejo de la sociedad, y por lo tanto esta cultura punitiva también se verá reflejada en ella. Así, los conflictos y los errores son vistos como situaciones penalizadoras y disfuncionales que alteran para mal el orden la institución. Para que realmente exista colaboración, el conflicto debe de ser considerado como una situación inevitable que constituye la esencia de las comunidades educativas dinámicas, comprometidas e innovadoras. En palabras de Barret (1976): “El conflicto entre grupos en las organizaciones no solo son un hecho inevitable de la vida organizativa, sino que puede ser juzgado como un proceso mediante el cual las organizaciones crecen y se desenvuelven a lo largo del tiempo”. Desde este panorama, el conflicto es una situación natural de la esencia humana, que no tiene por qué conllevar un resultado negativo, sino todo lo contrario. El conflicto debe de ser el motor de la innovación y de la comunicación como medio de negociación e influencia para lograr representaciones compartidas.