Cerrando etapas...

En el pequeño puerto de Somo (Santander) hay una estatua que representa a una mujer joven agitando un pañuelo en son de despedida. Me acerqué a ella entre las flores que adornan el pedestal. Quería saber quién era la persona representada en aquella efigie de piedra. Y vi que éramos todas las personas del mundo y de la historia. A los pies de la estatua figuraba un pequeño rectángulo de metal con esta sobria y significativa inscripción: LOS ADIOSES. Con una fecha que me imagino que corresponde a la de la inauguración: 17 de enero de 1994. La ubicación de la estatua me hace pensar que se trata de rememorar los adioses que se han producido en ese puerto a los viajeros que se han hecho a la mar, algunas veces para viajes sin retorno. Pero he querido ver en esa delicada imagen un símbolo de la vida de todos los seres humanos, construida de adioses tan innumerables como diversos.

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Creo que esta iniciativa está encaminada al mundo de los sentimientos, al recuerdo de las separaciones, al dolor de las pérdidas, al dolor de que todo lo que empieza tiene un final.

¿Quién no se ha despedido alguna vez? ¿Quién no se ha despedido miles de veces? Todos nos hemos estado despidiendo siempre. La vida es un puñado de adioses.

Hay que saber decir adiós cuando nos vamos, de un lugar, de un trabajo o de una relación. Hay quien siempre se va de mala manera. O quien nunca se va y tienen que echarlo. Y hay que saber irse con elegancia e inteligencia cuando sabemos que estamos estorbando en algún sitio o con alguna compañía. Así pues, hay que aprender a despedirse a tiempo y de buenas maneras.

Y, como no podía ser menos, yo también tengo que despedirme de vosotros, esto se termina y espero que no sea por mucho tiempo, aunque esta materia se termine espero estar día tras día compartiendo con vosotros mis preocupaciones, mis opiniones, mis incertidumbres…  hasta pronto.  Y no sería de menos que volver a decir otro pequeño adiós.