Función asesora en la actualidad

             En la entrada de hoy pretendo profundizar en la  función asesora en la actualidad, viendo y reflexionando los problemas que acarrea o que presenta.

            “Desde que se comenzó a implantar la LOGSE, proceso  que se acompañó con un incremento en los recursos personales con labor asesora, se ha venido prestando apoyo al profesorado y a los centros desde distintos frentes, pero de forma no sistemática y descoordinada”. Existe algo que hace que los asesores sigan, años después, trabajando de forma descoordinada en los diferentes sectores.

            “La red de apoyo por la que ha optado nuestro Sistema Educativo pasa necesariamente por la coordinación del trabajo de las diversas instancias de asesoramiento, tanto interno como externo”.

            Hacia la facilitación del trabajo del profesorado y de su formación es hacia donde se deben encaminar los procesos de asesoramiento, considerando en todo momento tanto su autonomía como sus intereses y necesidades profesionales, así como el contexto en el que desarrolla su trabajo y aprende. No obstante, también hay que reconocer que no se trata de una tarea fácil y que viene siendo habitual encontrarnos con determinados problemas y resistencias”.

            “La figura del asesor no se ha llegado  a desprender completamente de la etiqueta que ha tenido durante  años en cuanto a "vendedor" de la Reforma Educativa. Y es precisamente aquí donde pueden aparecer los primeros problemas, pues si el rol del asesor debe estar más próximo a la formación que a la burocracia, es esta última la que con frecuencia sigue predominando sobre la primera, constituyéndose, en el mejor de los casos, en tareas compartidas que añaden mayor indefinición si cabe a la propia actuación del asesor y al desarrollo de sus funciones”; es decir, la etiqueta con la que ha nacido el asesoramiento sigue presente, y es necesario desprenderse de ella, ya que en caso contrario no se podrá formar ni ayudar adecuadamente al profesorado u otros profesionales de la institución. “Por otro lado, las formas de trabajo habituales en los centros escolares vienen siendo muy individualistas, con escasos espacios, tiempos y ámbitos de trabajo común (Bolívar, 1997), a lo que se une la "cultura" forjada durante mucho tiempo del asesor como la persona que diagnostica problemas individuales”. Se parece a un asesoramiento terapéutico, basado en el individuo, que da soluciones pero no ayuda ni acompaña, y todo ello, dejando a un lado la colaboración entre profesionales.  Algunos problemas importantes del asesoramiento en la actualidad son:

a) Diversificación profesional de los asesores.

            Rodríguez Moreno (1995, citando a Dyson, 1991) hace referencia al amplio listado de actividades encomendadas al personal dedicado a la labor de asesor, que suelen ir desde el tratamiento directo con alumnos a tareas de formación en centros, pasando por la coordinación con otros servicios no educativos, impartir formación permanente, o trabajar y/o apoyar a familias. Basándose en todos estos supuestos a los que debe atender un asesor/a, estos profesionales deberían llevar el prefijo super (de superasesores) delante, ya que existen actividades  que se les adjudican a ellos que son totalmente contradictorias e imposibles, o muy difíciles, de integrar coherentemente, para poder realizarlas (existen actividades que se solapan y que hay que elegir entre una u otra).  Esto provoca un revuelo entre los profesionales de la institución, por lo que se hace indispensable coordinarlas, y adjudicar cada una de ellas al profesional más adecuado. La dificultad reside en como coordinar los apoyos para satisfacer las necesidades de todos los agentes.

b) Competencia del asesor. Asesoramiento y profesionalización docente.

            “La visión o concepción que se tenga sobre la competencia profesional del asesor puede convertirse en algo problemático que obstaculice el inicio o desarrollo de determinados procesos de apoyo a los centros educativos o equipos de profesores. Hoy día la competencia del asesor no debe ser vista como una relación jerárquica de rango superior que se ejerce sobre el profesorado. Su papel no debe ser el del experto que tiene la clave y solución para todos los problemas que se planteen en los centros, ya que con ese posicionamiento se fomenta una situación de dependencia del profesorado con respecto al asesor que se aleja tremendamente del objetivo de conseguir y fomentar una mayor profesionalización de los docentes. En este sentido Rodríguez Moreno (1995) señala que el asesoramiento tiene su razón de ser en el servicio que presta a profesores y centros educativos, que la competencia del asesor se debe separar cada vez más de la imagen tradicional de dominio del conocimiento teórico y vincularse más al conocimiento generado en la práctica y que, desde este punto de vista, los mejores profesionales que pueden desarrollar tareas de asesoramiento son precisamente los profesores, pues son los únicos que pueden cumplir con la condición esencial de asesoramiento de conseguir una interacción "de igual a igual"”.

            Lo que viene a decir este punto es que, en función de la concepción que se tenga de la figura del asesor, pueden surgir situaciones incómodas, debido a que los profesionales piensan que el asesor está por encima de ellos. Pero esto no debe ser así. El asesor debe establecer una relación de iguales con los profesores, ya que él no sabe más que nadie, sino que tiene un conocimiento más específico. Además, el asesor no llega a un centro y soluciona todo de repente; un asesor debe proporcionar interrogantes para que el asesorado se cuestione su realidad y la mejore, y debe acompañar siempre a este y servirle de guía. Lo adecuado sería que siempre existiese una relación horizontal de colaboración, y que el asesor se adapte a ese mundo en el que este realizando su labor.

c) El trato con colegas. El problema de la credibilidad.

            “Otro de los problemas que se presenta en el desarrollo de la función asesora y, por tanto, obstaculiza el desempeño de su papel de apoyo a los procesos de cambio y mejora, es el que hace referencia a la visión que el profesorado pueda tener de los profesionales que desarrollan dicha función. Por lo general, la visión que predomina del asesor o del profesional de apoyo es la de una persona que en alguna medida ha "renegado" del trabajo directo con alumnos en los centros escolares. Se habla de "desertores de la tiza", al tiempo que de representantes de la Administración encargados de gestionar la implantación de los cambios y directrices propugnadas por la misma. Esto, en principio, va a suponer una tremenda dificultad a la hora de establecer vínculos y relaciones con el profesorado, así como una traba importante para conseguir la credibilidad del asesor. De igual manera, no podemos olvidar que la mayoría  de los profesionales dedicados a tareas de asesoramiento han pasado con anterioridad por las aulas y se han visto impregnados del trabajo eminentemente individual que se desarrolla en las mismas, de la falta de tradición de trabajo en equipo. Esto, puede llevar a que al inicio de ejercer la labor de asesoramiento siga predominando esa cultura individualista que le haga encontrarse con una experiencia limitada y con una ausencia de competencias necesarias para desarrollar su función. Y son precisamente esas competencias las que se deben ir obteniendo con la práctica y con la adquisición de un adecuado soporte teórico, de forma que con un adecuado desarrollo de las mismas y la colaboración en la solución de las necesidades planteadas, se vaya consiguiendo la credibilidad necesaria ante el profesorado”

            Los profesores ven al asesor como alguien con un conocimiento específico que ha optado por ese trabajo, pudiendo haber sido profesor; o como un antiguo profesor que ha dejado la docencia por el asesoramiento. Para el profesorado, esta persona pierde credibilidad, aspecto que el asesor ha de recuperar a base de esfuerzo. Además, muchos asesores, al tener procedencia como profesor, tienen una metodología de trabajo muy individualista, aspecto que complica más su labor, y, que provoca una sensación de desconfianza de cara a sus compañeros.

            Por todo esto, el encargado de llevar a cabo la labor de asesorar debe evitar todo tipo de autoridad por ambas partes, y comenzar a desarrollar una cultura de colaboración sin diferencia de status, entre él y los demás profesores u agentes pertenecientes al centro educativo,  de forma que se vaya ganando la credibilidad y el prestigio a los ojos del profesorado, así como desarrollando habilidades en su campo de actuación: centros y profesores.

            “Colegialidad y responsabilidad se han de convertir en dos aspectos inseparables que confieran al asesoramiento el facilitar la capacitación del profesorado. Todo ello implica iniciar procesos claros y transparentes no de dependencia, y sí de responsabilidad compartida, que sienten las bases para la consecución de una relación de confianza y duradera que centre el protagonismo en el propio grupo de trabajo, huyendo  de personalismos, contribuyendo así a la apertura de procesos reflexivos que se constituirán en los verdaderos artífices de los proyectos de actuación en y desde los centros”. Profesores y asesor/a deben formar un equipo teniendo como premisas básicas, el compromiso, la responsabilidad, la colaboración de forma horizontal, la confianza,…

            En conclusión, si ambas partes, asesor/a y demás profesionales (profesores) ponen su granito de arena, respetándose y colaborando entre ellos como iguales, estos problemas vivirán solamente en el olvido.

 

            La bibliografía que me ha permitido conocer estos problemas, acercarlos a mi mundo y relacionarlos con mis conocimientos se corresponde con la siguiente obra: Murillo, P. (2004). Hacia la construcción de un nuevo modelo de asesoramiento/supervisión. Educare, nº 5, año 2, 44-57.