Asesoramiento y Calidad Educativa

        Asistimos a una etapa de turbulencias y cambios sustanciales que diseñan una época de incertidumbre sobre el futuro. Vivimos una etapa de ontinuas y aceleradas transformaciones producidas por los avances en la ciencia y la tecnología, la inmediatez en las comunicaciones, la abundancia de información, etc. La sociedad del futuro se perfila con un alto nivel de requerimientos para la población en su conjunto, considerándose el conocimiento como uno de los principales factores de desarrollo.  Y en cuanto a la educación, nos encontramos en un momento cronológico y geográfico muy difícil, ya que todo lo que nos rodea son recortes en cuanto a ella, huelgas y manifestaciones para intentar lograr una educación de calidad, etc.

         Aún así, a la educación le corresponde hoy día una tarea muy compleja: asegurar la formación de ciudadanos competentes para el trabajo y para la vida social, lo que supone el desarrollo de un proceso de formación integral a través de la experiencia del trabajo orientado a la adquisición de conocimientos científicos y técnicos, de humanidades y ciencias sociales, en un contexto de respeto a la diversidad que no debe implicar aumento de la desigualdad.

         La educación debe formar en las competencias requeridas para la tarea colectiva de la construcción social. Y a todo esto no puede ser ajeno el proceso de asesoramiento, sea del tipo que sea.

         Como señala Hernández (1999), asistimos a una serie de cambios radicales y la tarea socializadora de la educación no puede ser cumplida sin una renovación permanente de sus contenidos y sus métodos. Los cambios pedagógicos contemporáneos apuntan a la formación no sólo de competencias científicas y técnicas sino también de las competencias sociales requeridas para asumir cambios materiales y culturales radicales. Ello exige del docente una gran responsabilidad y un compromiso con un proceso continuo de actualización y la disposición permanente a aprender y a construir conocimiento sobre su propia práctica. El profesorado, en la actualidad, no sólo debe conocer las competencias de sus alumnos y los contenidos que serán objeto de enseñanza, sino que debe asumir el cambio de intereses resultante tanto de las transformaciones culturales contemporáneas, así como el carácter de la escuela como un lugar de encuentro cultural. Y todo ello a pesar del poco reconocimiento de su profesión.

         Para responder de forma  adecuada a las exigencias de una sociedad como la nuestra, hay que compartir una preocupación por mejorar la calidad de la educación. Y cada vez es más difícil que cada escuela por si sola pueda generar estrategias para garantizar dicha calidad y neutralizar todas las diferencias. Por ello hay que enmarcarlas en un conjunto de políticas sociales y educativas que tiendan a compensar estructuralmente las diferencias de origen. Es necesario detectar los factores  problemáticos que existen en el interior de cada institución y la necesidad de ampliar y legitimar los grados de autonomía, para que el personal docente no sea el único responsable de los resultados. 

         Múltiples investigaciones y estudios (Dalin y Rust, 1990; Reynolds et al. , 1997, Scheerens, 1998) sugieren que para que se produzcan cambios e innovaciones en las instituciones educativas es indispensable que existan, además de apoyos externos, un motor interno que los dinamice y facilite, jugando los equipos directivos un papel muy importante en tal acción. Si los profesionales del asesoramiento, junto con el profesorado y los equipos directivos, no ofrecen ejemplos de trabajo colaborativo mediante prácticas basadas en el trabajo en común, la coordinación y la ayuda mutua, difícilmente podrán ser creíbles y conseguir las capacidades que en ese mismo sentido deberían pretender en el alumnado. 

         Si los centros van abriendo sus puertas a otros profesionales, aceptando su colaboración y compartiendo sus problemas, los asesores se van a convertir en personas que también van a tener su responsabilidad y reto profesional en todo proceso de cambio que se planteen los propios centros como núcleo de la mejora escolar.

         Un modelo de asesoramiento colaborativo que busca la mejora escolar y la calidad educativa, no es casual, no es sólo una aplicación de técnicas precisas. Se trata de algo ideológico, cargado de valores, actitudes y creencias, y cuyo contenido principal se centra, una vez más, en la "colaboración entre iguales". En este sentido, Imbernón (1996) nos recuerda que en esta nueva cultura profesional, el profesorado ya no se conforma con experimentar innovaciones que le vienen de fuera, sino que pasa a jugar un papel dinámico, participando activamente desde y en su propio contexto. Al mismo tiempo, reconoce que los centros necesitan la discusión entre colegas, la ayuda externa democrática y prácticas reflexivas, intentando superar su aislamiento y el de las aulas que lo conforman. De ahí la importancia de buscar puentes de unión entre las escuelas y los distintos sistemas en que se encuentran inmersas, mediante la indagación colaborativa y proyectos comunes "que sean capaces de generar una nueva cultura de la organización y de fundir la perspectiva interna de los que están dentro de las escuelas con las perspectivas externas del personal de apoyo en una verdadera perspectiva colaborativa".

         Las funciones de asesoramiento adquieren, de esta forma, una dimensión significativa en el desarrollo y mejora de la enseñanza que repercutirá en una mayor calidad educativa. Para lograr esta calidad, es fundamental un trabajo en equipo entre asesores y toda la comunidad educativa.