Fracaso escolar

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            El fracaso escolar es un problema que aqueja en mayor o menor medida a todos los países y sistemas educativos. Es cierto que en algunos países de la UE como puede ser Finlandia, las cifras de fracaso escolar son muy bajas, pero en la mayoría de países, en la actualidad, este problema está ganando terreno. Prácticamente todos los países han diseñado y aplicado determinadas políticas y medidas dirigidas a combatirlo. El sistema educativo español en particular, desde mediados de los noventa, es decir, desde los primeros años de la implementación de la LOGSE (1990) hasta la fecha, ha venido aplicando un abanico creciente de programas y actuaciones específicas, desplegadas por toda la educación obligatoria, en particular, en la ESO, pero el fracaso persiste como una roca pesada. Es muy difícil de combatir, y todavía más si no se sabe cómo, lo que da lugar a medidas y decisiones incorrectas.

            El fracaso escolar es un serio problema. No solo porque priva a las personas del derecho a un bagaje de herramientas intelectuales, personales y sociales para poderse labrar un presente y futuro dignos, sino también porque representa una amenaza a las raíces mismas de la vida en común, la democracia auténtica, el progreso económico y social y, desde luego, la propia credibilidad y legitimidad del sistema educativo. No se debate que, para afrontarlo, haya que hacer algo; eso es una obviedad. Lo que hay que discutir es qué ha de hacerse, por qué y cómo, y quiénes habrían de ser los agentes e instancias involucradas en ello. Lo más difícil para combatirlo es determinar estos últimos aspectos. Está claro que todo país quiere combatir el fracaso escolar, pero es complicado llevarlo a cabo. Estamos acostumbrados a llevar a cabo medidas parciales, que no tienen en cuenta la totalidad del sistema educativa, y pienso que ahí está nuestro fallo.

            La educación no mejorará, a menos que los sistemas escolares asuman la prioridad de que todos los alumnos aprendan y a menos que se reduzcan efectivamente las desigualdades injustas en contenidos, oportunidades y resultados. Partiendo de dichos principios, destaco algunas propuestas para hacer cambios profundos en el sistema y la educación.

            Hacer posibles los avances progresivos en una lucha efectiva contra las desigualdades educativas existentes requiere inteligencia y propósitos morales concentrados en definir y promover una buena educación, empeñada en y capaz de garantizar el éxito escolar combatiendo decididamente el fracaso.

            No llevará a ninguna parte, como decía antes, la insistencia en medidas parciales y fragmentarias, ni tampoco la ¿libre? concurrencia y elección de la ciudadanía entendida como resorte para lograr una buena educación de particulares. Que haya buenos centros abiertos a todos, buenos docentes, un currículo y una enseñanza inclusivos son aspiraciones cuyo cumplimiento requiere fortalecer la educación pública. Todo lo que la debilite irá en contra de una apuesta consecuente por el éxito escolar y la erradicación del fracaso. Debemos luchar por una mejora de la educación pública.

            La lucha contra la exclusión y a favor de la inclusión no se podrá librar de forma adecuada si se hace únicamente en cada centro de manera aislada. En estos momentos, y, para conseguir este propósito de acabar con el fracaso escolar, se hace necesariamente imprescindible la colaboración y el trabajo en red. Los poderes públicos, sus políticas, administración y diferentes servicios tienen tareas insoslayables que asumir para que todos los centros, todas las zonas –y, al cabo, el sistema como un todo– sean incluyentes.

            Al igual que la formación inicial, la selección, el desarrollo y los aprendizajes del profesorado son necesarios para avanzar en experiencias y resultados escolares equitativos, los servicios y profesionales que trabajan en la Administración nacional y autonómica tienen que aprender y formarse para cumplir sus cometidos, entre ellos crear condiciones favorables para que centros y docentes desarrollen capacidades y compromisos con la mejora. Es fundamental una formación previa, para saber como se puede hacer frente a un fenómeno de tal magnitud como al que nos enfrentamos.

            En resumen, es necesario superar la tentación más pragmática, rápida y menos comprometida de seguir poniendo en marcha numerosas medidas parceladas y marginales que no consiguen ningún tipo de mejora; y en su lugar, reclamar sinergias múltiples en diversos niveles; crear y fortalecer ciertos valores, capacidades y compromisos individuales y colectivos, que permitan desarrollar el continuo de respuesta adaptativa que necesita todo sistema educativo, que pretenda dar respuesta a la diversidad de forma inclusiva y con ello prevenir o al menos combatir en profundidad el fenómeno del fracaso.

            Para la realización de este comentario me he basado en el artículo  “Las políticas de lucha contra el fracaso escolar: ¿programas especiales o cambios profundos del sistema y la educación?”, de la Revista de Educación.