La voz del alumnado

                “La voz del alumnado” se suele utilizar como una expresión abierta para hablar de cualquier iniciativa que favorece y anima la participación estudiantil en las escuelas.

                Es de gran importancia promover y desarrollar la implicación del alumno para el éxito de las iniciativas que pretenden mejorar la práctica educativa y, en particular, de las actuaciones de asesoramiento que aparecen como un componente relevante de las mismas.

                De todos es conocido que la pauta general en lo que atañe a la mejora de  las prácticas educativas, de escuela o de aula, es que los alumnos estén alejados  de la misma, aun cuando éstas les conciernan como destinatarios primarios. A pesar de ello, es posible y deseable otorgar a los alumnos el protagonismo que se merecen en la calidad de la enseñanza. Para esto, es necesaria la inclusión de los alumnos/as en el asesoramiento.

                En palabras de Cruddas (2005), la voz del alumno viene a representar una metáfora de la participación. En un  sentido elemental, hace referencia a la expresión de las experiencias y el punto de vista propio por parte de los alumnos, con la expectativa de que se prestará atención a ello y, por tanto, a dichos alumnos (o sea, su ‘voz’ será ‘escuchada’). No obstante, la participación a que se refiere esta noción no ha de quedar circunscrita a este significado y, de hecho, suele también emplearse para hacer referencia a otras formas de participación. La participación puede considerarse, en todo caso, una idea central comprehensiva a la que puede ser asociada la práctica totalidad de las propuestas conceptuales e iniciativas prácticas que se ocupan de ese realce del papel del alumno en la educación y los centros escolares (Roberts y Nash, 2006).

                El alumno es conceptuado como beneficiario directo de las mejoras que, en el proceso  educativo, introduzcan las actividades de asesoramiento deliberadamente  emprendidas con ese propósito, actividades estas de las cuales podría considerarse, por tanto, beneficiario indirecto. No puede afirmarse, pues, que el alumno resulte excluido en las tareas de asesoramiento.

                La participación del alumno en el asesoramiento no sólo podría contribuir a mejoras en el aprendizaje de los alumnos (a través de mejoras técnicas en la enseñanza y las condiciones organizativas en que aquélla tiene lugar), sino también a la democratización de la enseñanza y los centros escolares (y de este modo, a disponer de sociedades más democráticas).  Naturalmente, una y otra manera de concebir el asesoramiento no son necesariamente incompatibles entre sí, e incluso pueden complementarse.

                La inclusión de los alumnos en la tarea de asesoramiento requiere unas  condiciones especiales de interacción, en el sentido de que éstas deben  responder a principios éticos y contribuir al valor educativo de aquélla. Estas condiciones se manifiestan en una serie de principios:

  • Principio de inclusión: “Este principio implica que los agentes profesionales que promueven o incitan  la participación del alumno en el asesoramiento, se planteen cuestiones previas de gran importancia: ¿es en interés del alumno su participación?, ¿cuáles son los potenciales beneficios?, ¿cuáles los potenciales costes y riesgos para él de participar o no participar?, ¿en caso de participar, se respeta y transmite fielmente la perspectiva u opinión del alumno?” (Alderson, 1995).
  • Principio de elección: esto es, el derecho de los alumnos y/o sus familias a decidir participar en la tarea de asesoramiento o, en su defecto, a declinar participar sin amenaza o coacción, no sólo en relación con un único evento, sino a lo largo de todo el proceso, en cualquier etapa, ya sea temporal o permanentemente. 
  • Principio de confidencialidad: El principio de confidencialidad puede contemplarse como una concreción del principio de elección y como un mecanismo de protección que debe contemplarse en el contexto de las circunstancias y contenidos concretos del asesoramiento.
  • Principio de vulnerabilidad: este principio justifica considerar la interacción con los alumnos en el asesoramiento como una cuestión ética, y no meramente técnica, además de otorgar sentido a los restantes principios. Significa asumir que los alumnos, en comparación con los agentes profesionales, están más expuestos al riesgo, más dispuestos a obedecer a la autoridad, tienen más dificultad para resistirse a participar, así como menos capacidad para prever consecuencias a largo plazo de su participación en la tarea de asesoramiento.

 

                Si estas condiciones se cumplen, la inclusión del alumnado en el proceso de asesoramiento será más fácil, pero no por ello más sencilla, ya que está presente el miedo de los profesores a que la labor asesora de los alumnos les afecte negativamente (aunque esto no sea así). De todas formas, de manera inconsciente, el alumnado lleva a cabo su función de asesor en múltiples momentos de su etapa educativa sin que nadie, ni él mismo, se dé cuenta; por ejemplo, cuando el profesor le pregunta si han entendido, que les ha parecido la clase, etc.

                Es muy importante que los alumnos/as no sean meros beneficiarios del proceso de asesoramiento en los centros, sino que se convierten en un agente más que lleve a cabo esta acción.