La generación MP3

La generación MP3

Recuerdo cada 25 de diciembre que llegábamos a casa de mi tío de Alemania. Mis padres y yo saludábamos protocalariamente a toda la familia y, después de unas cuantas palabras de ascensor, mi tío me miraba. Esa mirada.

            Ese gesto cómplice se había convertido ya en ritual y era para mi el momento más ansiado del día. Esa mirada nos iba a llevar a la “habitación de la música”, que era como él la llamaba. En ella me esperaba un sinfín de nuevos ritmos y melodías. Él me enseñaba todas sus adquisiciones navideñas –que no eran pocas-, y yo me deleitaba con su minuciosidad a la hora de escudriñar cada detalle de la banda que sonaba.

-          “En este solo George Clinton, puesto de LSD, le Dijo a Hazel que lo tocase pensando que su madre estaba muerta”.  Me decía aquel día, sobre la canción “Maggot Brain” de Funkadelic.[1]

 

Mientras, yo me imbuía en las portadas de aquellos vinilos setenteros edición original. Aquellos dibujos de espirales y vívidos colorines conseguían abstraerme hasta niveles insospechados. La música ambiente lo propiciaba: Janis Joplin, Hendrix, Los Beatles y su “Revolver”… En aquella habitación cada sentido se agudizaba exponencialmente. El olor a cartón de las fundas y del vinilo, los sonidos envolventes del sitar de Lennon, las mágicas portadas de los LPs…

            Pasaron los años y nuestra cita en la habitación de la música era ya una auténtica tradición del día de navidad hasta que, desgraciadamente, mi tío se vio acuciado por la crisis. Tuvo que venderlo casi todo para poder comer. Incluso sus vinilos, sus bienes más preciados y que nos patrocinaban cada 25 de diciembre unas mañaneras fiestas de los sentidos.

            Desde entonces los 25 de diciembre no volvieron a ser los mismos. Tampoco volvió a ser el mismo el modo en el que la música y yo nos encontrábamos. Cuando esto sucedió, yo ya rondaba los 16 y el internet ya había llegado a casi todos los hogares incluído el mío.

            De este modo, cada vez que quería conocer algo nuevo o simplemente recordar alguna de esas maravillosas melodías de “la habitación de la música” acudía a un software de descarga P2P[2] llamado Emule. En él encontraba todo el “material” que quisiera.

Material entre comillas, sí. Nada quedaba ya del formato físico. Aquellos olores, aquel crujir de la aguja del tocadiscos cuando mi tío ponía un vinilo, aquellas portadas violetas y rosas que  agarraba durante horas con mis manos… todo aquello se había ido. La música había perdido gran parte de su esencia.

 

Hoy en día, todo el mundo tiene acceso casi instantáneo a cualquier canción de música ya que son múltiples las plataformas virtuales que la red nos ofrece: Spotify, grooveshark, youtube y los múltiples softwares de descarga directa o vía torrent. Gracias a ello, la compra del formato físico ha caído brutalmente. Muy poca gente hoy en día baja a la tienda a comprar discos. Este menester ha quedado relegado solo para los románticos y dicho sea de paso, para los bolsillos generosos.

Paralelamente, el lanzamiento al mercado de los reproductores MP3 ha acelerado aún más el proceso. Todas esas canciones que nos descargamos en el PC íbamos a poder llevarlas en un aparato más pequeño que la palma de nuestra mano y listas para escuchar. A todo volumen.

Sin duda, el lado positivo del asunto ha sido la democratización – no sin sus cánones y litigios pertinentes- de la música y, en general, de la cultura. Aquí el debate sería mucho más excelso ya que tendríamos que entrar a juzgar la legitimidad o no de la piratería.

Lo que quiero reflejar con este texto puede servir también para otras manifestaciones culturales como, por ejemplo, los e-books. Cada vez perdemos más los formatos originarios y se transforman en nuevos estándares digitales: el mp3 de philips, el de sony, el de apple… o para los e-books: el kindle, el sony, etc.

Es quizá, una manifestación melancólica sobre lo que la tecnología “me ha quitado”. Ahora puedo acceder a mucha más música que antes pero, sin duda, nunca podré volver a escuchar música como en aquella habitación.

 


[1]

[2] Red una red de computadoras en la que todas ellas se intercambian datos entre sí (música, juegos, películas, libros, etc.)