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Formación permanente docente: definición y posibles cambios para la mejora de la calidad educativa.

         Como bien se puede observar, en todas mis entradas anteriores hago referencia a la importancia y necesidad para la mejora de calidad educativa, de la formación tanto inicial como permanente, que es la más duradera y la que tiene lugar durante el ejercicio del cargo o de la profesión docente. Concretamente, me gustaría centrarme en esta publicación en la “formación permanente” del profesorado, especificando de que se trataría la misma y que aspectos o ámbitos debemos hacer mención al tratar la misma.

              En primer lugar, debo definir lo que es la formación permanente para poder introducir correctamente el

Formación permanente.tema que me ocupa en particular. A este respecto, la definición que nos da el Instituto de educación de la formación permanente se enmarca en un “proceso continuo de adquisición de aprendizajes, en función de las propias necesidades, para el desempeño de los roles personales, sociales y laborales, a los que nos aboca la sociedad”. En este sentido, y específicamente teniendo en cuenta este tipo de formación en relación al profesorado, es importante concretar que las prácticas de la formación permanente se dirigen principalmente hacia, por un lado, una formación que favorezca el desarrollo profesional y también hacia una formación técnica-eficientista, o lo que es lo mismo, de mejora de la técnica del profesorado en su trabajo en las aulas. Esta formación tendría el sentido principal más que de ser un conjunto de medidas de reforma educativa, como propias para el desarrollo profesional del profesorado y la mejora de su práctica docente (profesores como sujeto de formación y no como objeto principal de cambio para la mejora de la enseñanza). Debo decir, a este respecto, que esta formación, como sabemos, siempre resurgirá de unas necesidades que se le presentan al profesorado durante el desarrollo de su actividad docente. Bien puede ser ejemplos claros en este sentido: la correcta introducción de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en los procesos de enseñanza-aprendizaje, la atención a la diversidad, el aprendizaje en valores, etc.

            Pero para abordar lo que conlleva la formación permanente debemos hacer referencia a varios aspectos principales a tener en cuenta en la misma:

            -En primer lugar, que la formación permanente debe tener en cuenta los modelos de aprendizaje que queremos en nuestras aulas, apostando por los que motivan la reflexión, la metacognición y los aprendizajes que van mucho más de la simple comprensión del significado (teorías constructivistas y conectivistas)

            - En segundo lugar, que se debe cambiar ya desde la formación inicial del profesorado la forma de entender a la formación permanente. Desde esta etapa se ha de hacerle entender y reflexionar con el futuro docente, que su formación se dirigirá siempre a la mejora de calidad educativa y a su propio desarrollo profesional que es imprescindible para sobrevenir este último punto al que me refiero.

            - En tercer lugar, que la formación siempre debe basarse en la experiencia de cada maestro e institución, ya que según las necesidades presentes se demandará una u otra necesidad objeto de atención.

            - En cuarto lugar, que la formación permanente se constituye como eje dentro del propio centro educativo. Por ello, el formador, no debe de ser una persona ajena, sino que debe estar integrado por el propio equipo o debe conocerlo, ya que si no, no se podrá transformar la educación.

                 Y bien, al hablar de la necesidad de la formación permanente y de la necesidad de implantarla como una concepción fundamental de los centros, docentes e instituciones para la mejora de la calidad educativa y de una sociedad educadora, nos estamos olvidando que muchas veces esta formación no está al alcance o no responde verdaderamente a las necesidades o motivaciones del docente, o incluso no responde a sus propias observaciones de lo que ellos necesitan en el aula para mejorar.

            Por ello, dentro de la impartición de la formación permanente, es mester varios cambios que modifiquen la concepción que tiene el profesorado de ésta. A este respecto, podemos hablar de que muchas veces la formación que se le imparte al docente, no tiene ninguna conexión con su práctica en el aula, por lo que podemos considerar que esas prácticas no tienen auténticamente un valor propiamente formativo. Por esta razón, se considera que sólo la formación del profesorado será auténticamente eficaz si parte de la práctica docente y se conecta de modo emocional y vivencial con el formador que la imparte.

            Por otro lado, se considera también fundamental el introducir la formación permanente del profesorado como parte de su jornada laboral, ya que si se continua con el modelo actual de voluntarismo y poco reconocimiento profesional del que la recibe, difícilmente la formación tendrá las consecuencias positivas que se pretende en la práctica docente.

           

          Todas estas razones que expuse a lo largo de esta entrada, como parte de los cambios que deben resurgir y de las concepciones que partimos para la formación permanente, tienen cabida sólo, desde mi punto de vista, Decálogo del buen profesor. con el apoyo no sólo de las administraciones educativas, que como sabemos tienden a exponer al profesorado como agentes de cambio, cuando deben de ser ellos los sujetos de formación, para poder proporcionar mejoras en la calidad educativa; sino también con la ayuda y apoyo constante de las instituciones, centros y con la comunidad en general. Además, desde mi forma de ver, muchas veces se deja sin cuestionar cómo es la formación que reciben los profesores cuando se los “ataca” de formas a veces bastante persuasivas, acusándolos del fracaso escolar del alumnado. De esta manera, pienso, el profesor ni se siente motivado, ni mucho menos le concede la importancia que se merece a la formación permanente, dejándola como algo que “tienen que realizar” para cumplir el número de horas que les exige la Administración Educativa.

          

            Si no buscamos otros modelos de formación, que motiven al docente a mejorarse tanto personalmente como profesionalmente, la mejora de la calidad educativa quedará en un intento de ser justamente eso. Creo, que se deben buscar otras estrategias que hagan del profesorado, sujetos competentes a las nuevas necesidades que día a día le surgen y que aparecen en la Sociedad del Conocimiento y, es necesario apostar por el trabajo en equipo evitando el celularismo presente, que también es parte de la formación permanente de cada uno, ya que aprendemos muchas veces más del otro, que de cualquier curso formativo. Por eso justamente, se deben propiciar programas formativos donde los profesores aprendan los unos de los otros, colaborando y que esto les lleve a propiciarla dentro de la cultura del centro donde desarrollen su actividad laboral. Además, le concedo también una importancia clave para la mejora de la formación, a justamente lo que cité antes, de partir de la experiencia práctica del docente mediante la observación y detección de necesidades en el aula, para poder conectar bien la teoría que se les imparta el formador para la mejora de su práctica educativa.

          Así, contrastando experiencias con los demás docentes, y conectando teoría y práctica y concediéndole por parte de toda la comunidad educativa la importancia que se merece a la formación permanente de nuestros docentes, ésta será mucho más eficaz tanto para la mejora de la calidad educativa, como para el propio desarrollo profesional continuo y personal del profesorado.

           

 

Bibliografía

Montero, L. y  Nistal, M. (2007).  La formación permanente del profesorado en las etapas del sistema educativo. En Colén Riau, M.T y Jarauta Borrasca, B. (Coord.). (2010). Tendencias de la formación permanente del profesorado. Barcelona: Horsori.

Webgrafía

http://www.ite.educacion.es/formacion/materiales/124/cd/guia/glosario.htm