La vocación docente

En esta entrada me gustaría ofrecer una visión complementaria a las ideas de Esteve (2009), autor que pone el énfasis de la formación inicial del profesorado en las competencias más que en las actitudes docentes.

Esteve afirma que es necesario que los enfoques de la formación del profesorado estén más centrados en lo que el buen profesor debe hacer, y no tanto en cómo este debe ser. Sin embargo, existen autores que, al igual que yo opino, le otorgan un peso muy importante a la vocación y a la actitud docente.

En concreto el autor Day, identifica tres características clave del buen docente, estas serían:

  • La discreción pedagógica: que es la capacidad para emplear la enseñanza más adecuada para cada persona.
  • El amor pedagógico: que hace referencia al instinto de cuidar, ayudar y proteger al alumno.
  • La consciencia vocacional, que se apodera de la personalidad del docente que está dispuesto a hacer todo lo que sea menester para ayudar a su alumnado, y encuentra en ello la gratificación interior y la finalidad de su vida.

Estos tres aspectos permitirán distinguir a los docentes comprometidos, que educan, cuyo trabajo es la razón de ser de su vida, de aquellos profesores que enseñan, para quienes la enseñanza es más un trabajo que una vocación. (Day, C, 2006; p. 32).

Mi reflexión personal…

La vocación debería ser un requisito indispensable para ser docente, dado que a largo plazo  es uno de los factores más determinantes para que el docente mejore en su profesión y quiera reciclarse.

Como mencionaba en la entrada anterior, la identidad profesional se construye a través de valores como el espíritu crítico, el trabajo colegiado, la reflexión, y sobre todo la dedicación personal, que al final es lo que promueve el desarrollo profesional.

Además ser docente es algo más que poseer unos conocimientos y ejecutar una serie de tareas, ya que la práctica educativa implica múltiples interacciones sociales que pueden conllevar situaciones de tensión muy difíciles de gestionar si no se cuenta con verdadera vocación.

También es importante destacar la correlación que existe entre los países que le otorgan una gran relevancia a la educación (como es el caso de Japón o Finlandia), y el rendimiento académico de sus sistemas educativos. Considero que ello es debido, en gran medida, a la existencia de un mayor sentido de la vocación y la implicación personal de sus docentes.

En este sentido, opino que la docencia tiene que elegir al docente, y no solo la persona a la docencia.  A este respecto considero imprescindible que los futuros docentes no sólo dispongan de conocimientos académicos y pedagógicos, sino que también reúnan unos requisitos adecuados de actitudes personales (espíritu crítico, capacidad de reflexión, capacidad para el trabajo colegiado…) y vocación. Por ello, no solo se debe hacer hincapié durante la formación inicial del profesorado en instruirlos en valores y actitudes asociadas a la profesión, sino que estas también deberían ser determinantes en las pruebas de selección. No se puede poner al mismo nivel a dos candidatos con los mismos conocimientos pero con actitudes y predisposiciones totalmente diferentes, que a largo plazo pueden marcar diferencias de rendimiento notables, dado que los profesores más motivados tenderán a reciclarse y mejorar en sus tareas diarias con mayor intensidad.

Las personas que tienen vocación por una profesión invierten parte de su tiempo libre en su desarrollo profesional porque sienten pasión por lo que hacen. De hecho existen múltiples ejemplos de personas que han destacado en su profesión gracias a la dedicación que emana de su vocación, sin la cual su potencial natural quedaría desaprovechado, al menos, en parte.

Fuentes bibliográficas

Day, C (2006) Pasión por enseñar: la identidad personal y profesional del docente y sus valores. Narcea.