Los procesos de enseñar y aprender.

   LOS PROCESOS DE ENSEÑAR Y APRENDER

El análisis de los procesos de “aprender a aprender” y  “aprender a enseñar” ha sido una constante preocupación de los investigadores educativos en las últimas décadas. Cientos de investigaciones y decenas de revisiones fueron y se llevan a cabo para conocer estos procesos. Se piensa que los sistemas educativos mejoran cuando se cuenta con docentes con excelente preparación para la tarea de enseñar, y cuándos estos poseen la firme convicción de que sus estudiantes pueden efectivamente aprender. Pero los profesores saben qué estudiantes no aprenden y cuáles están aprendiendo bien, siendo también frecuente que los docentes quieran mejorar su desempeño pero no sepan cómo seguirlo

Por eso hoy me centraré en dos piezas claves en el proceso de aprendizaje y enseñanza, que son el aprender y el enseñar. Los cuales he tratado de manera indirecta en todas mis publicaciones. Pero para ello me centraré tanto en el colectivo del docente como del alumno, pues no tendría mucho sentido hablar de la profesión docente sin hacer referencia a los educandos a los que atienden.

Primeramente es necesario preguntarnos ¿Qué es aprender? ¿Qué es enseñar? y ¿Qué es estudiar? Al decirlo ya podemos comprobar que los tres conceptos están íntimamente ligados, y que son complementarios entre sí puesto que aprender conlleva estudiar y para estudiar bien nos deben enseñar.

Adentrándonos en estos términos, podemos comenzar señalando la definición de aprender, que en un sentido sencillo sería la obtención del resultado apetecido en la actitud del estudio. Sería un cambio en el rendimiento que resulta como función de un ejercicio o práctica. Es acrecentar nuestro capital de conocimiento. Y todo aprendizaje consta de dos fases:

1ª fase: Compresión y fijación, en ella interviene la capacidad de concentración, la captación de los sentidos y las relaciones asociativas.

2ª fase: Retención y evocación, interviene el conjunto de capacidades funcionales conocido con el nombre de memoria.

Y dentro de él está toda diferencia entre el material aprendido y el material retenido, que sería el olvido. Algo que yo incluiría más en el estudiar, puesto que si estudias bien aprendes y eso no conlleva a olvidarse de lo estudiado. Pero si estudiamos para aprobar un examen, o utilizamos el método de “chapatoria” no estaríamos aprendiendo y recaería en el olvido, al no entender exactamente lo que estamos estudiando e intentando aprender. Dicho así suena algo filosófico, pero estas situaciones ocurren a menudo en las instituciones educativas.

Y estudiar es concentrar todos los recursos personales en la capacitación y asimilación de datos, relaciones o técnica conducentes al dominio de un problema.

Atendiendo a estos dos, estudiar y aprender, es necesario aclarar que se puede estudiar y no aprender lo que sería un esfuerzo ineficiente, pero también se puede aprender sin estudiar, lo que sería un esfuerzo innecesario. Por lo que deberemos empezar por determinar el qué, el para qué y el por qué de realizar esta actividad.Saber aprender.

Cuando cada uno de nosotros acabamos bachiller y estábamos ya con las notas de selectividad en la mano, o antes de esto, nos preguntamos qué estudiar, cuál sería el camino que íbamos a seguir. Para tomar esta elección nos fijamos en las aptitudes específicas que poseíamos cada uno, y nos guiamos por los orientadores educativos de nuestros centros, los cuales nos deben orientar sobre aquella selección que más no convenía dentro de nuestro interés, y aquella que nos aportase formación tanto cultural como profesional. Aquí, atendiendo a mi experiencia personal debo decir que mi orientador no me dio toda la información que necesitaba, teniendo que emplear el trabajo individual, y buscar por mi parte aquello que me interesaba. Estamos hablando ya de una falta de formación para un agente educativo tan esencial como un orientador, pues si aquella persona que nos debe guiar adecuadamente no lo hace, poniéndonos trabas hace que reflexionamos sobre el tipo de orientación que nos están a ofrecer.

Siguiendo con el tema que nos ocupa, y unido a lo anterior se establece la finalidad del estudiar, lo que es algo de suma importancia, ya que plantea lo que podríamos denominar ética del estudio. Somos conscientes, por desgracia, que muchos estudiantes pisan las aulas y las clases con la única intención de conseguir un certificado que les habilite para su práctica profesional, los abandonan a edades tempranas, y permitidas por su puesto, para ponerse a trabajar y ganar dinero. Si averiguamos un poco sobre el asunto en diversos soportes, vemos que muchas de las causas que señalan para estudiar son para poder complacer a mis padres o porque no puedo hacer otra cosa. También salen cuestiones tipo quiero prepararme una profesión que me gusta, encontrar respuesta a muchas cosas que despiertan en mi curiosidad, para educarme mejor, para ser más útil… Pero estas razones no son tan habituales, sino que se ve más a la educación como un negocio que como un auténtico saber y aprender.

De ahí, que esté ligado con el porqué estudiar para conseguir razones de para qué estudiar motivadores, para fomentar el deseo de saber. Dentro de esto, hay que tener claro que no sólo se estudia en un aula y con los libros, sino que podemos aprender en el diálogo y en la conversación. Cuando aprendemos algo que no nos hemos propuesto estudiar, sin darse cuenta, aprendemos conocimientos que favorecen nuestra experiencia individual. Pero también debemos saber cómo estudiar, que técnicas nos permiten obtener un máximo rendimiento en el estudio, y cuales son aquellas que sólo nos “brindan” una reconstrucción de los datos. Debemos discernir aquellos métodos que nos proporcionan una aplicación rápida de los conceptos que adquiridos, puesto que si no vemos la aplicación a lo que estamos aprendiendo ¿De qué nos vale?

En lo tocante al enseñar, hay que resaltar que muchas veces se confunde con el educar, cuando son cosas distintas teniendo como común el ser acciones formativas y que ambas arraigan del hecho de que no nacemos hechos, nos hacemos y nos cultivamos con el paso del tiempo. Enseñar es servir de guía y de vehículo para que otrosAprender a educar. alcancen conocimiento y competencias de forma eficaz y duradera. Lo que debe provocar un conocimiento especializado para la acción y unas competencias específicas. Es decir, el docente enseña un saber o especialidad que se considera importante que los jóvenes conozcan y ejecuten por sí mismos (Cayetano González, 2009).

Mientras que educar se refiere a la actividad a través de la cual se podrá desarrollar las facultades intelectuales y morales de un individuo.

¿Por qué y para qué enseñar y aprender? ¿Quiénes nos enseñan? ¿Qué nos enseñan y que aprendemos? ¿Dónde nos enseñan? Son tantas las cuestiones que por nuestras cabezas pasan diariamente en torno al término de aprendizaje y enseñanza.

Personalmente, y partiendo de mi posición de educando, creo que los docentes nos enseñan con la intención de ayudar a nuestro desarrollo, para que nos formen en ciertos valores que nos permitan interactuar adecuadamente en nuestra sociedad. Pero también creo que muchos otros no tienen en cuenta en su seno este papel, el papel de enseñar interactuando con los alumnos, en un proceso de intercambio, de apoyo y de ayuda bilateral. Muchas veces se denosta en el lugar en que estamos sentados unos y otros, las relaciones jerárquicas. ¿Por qué no fomentar un papel más cercano y activo? En mi trayectoria académica he tenido profesores que se limitaban a dar unos conocimientos y no le daban importancia al mantener relaciones sólidas y firmes con sus alumnos. No se percataban que de situaciones informales también se aprende, y mucho.

Aquellos que nos enseñan son los profesionales de la educación, aquellos que saben manejar los conocimientos que son básicos de función de aprender y enseñar, pero no sólo ellos nos enseña, nuestros padres, nuestros iguales y la sociedad nos enseña. Y esto demanda un papel conjunto de todos, un tolerar opiniones y modos de actuar diferentes, un respectar de los esfuerzos de ambos, y no basándose en el individualismo o en la competitividad.

Entre todos nos debemos de enseñar y aprender, debemos desarrollar un enfoque constructivista, un marco explicativo de principios que nos permita diagnosticar y tomar decisiones de cómo llevar a cabo el proceso de enseñanza/aprendizaje. Como una guía de acción, pero consensuada y debatida.

Atendiendo al colectivo del profesorado, en cuanto a que nos enseñan, debemos tratar el qué deben conocer. Como afirman Ball y Cohen (1999), los profesores deberían comprender bien la materia que enseñan, de forma completamente diferente a como aprendieron como estudiantes.  Lo que viene diciendo, es que no sólo deben conocer los contenidos en profundidad, sino también la forma en que éstos se conectan con la vida diaria para resolver problemáticas. Deben conocer mucho sobre los estudiantes, cómo son y qué es lo que le interesa. Y por supuesto, interesarse por sus diferencias culturales, por su clase social y por su familia. Como bien afirman estos dos autores  “los profesores necesitan igualmente conocer sobre didáctica, modelos de aprendizaje, y sobre todo cultural del aula”.

Por otro lado, la OCDE (2000), hace referencia a cuatro tipos de conocimientos que deberían ser atendidos en la formación de los profesionales. El conocer- qué, referido al conocimiento acerca de los hechos; el conocer-por qué, relativo al conocimiento sobre principios; el conocer-cómo, vinculado a la habilidad para hacer algo, y el conocer-quién que implica la capacidad de cooperar y de comunicarse con diferentes tipos de personas y expertos.

Aunque se hace alusión a estos tres tipos de conocimientos, los programas de formación tratan los dos primeros, mientras que el conocer-cómo ha sido una preocupación reciente.

Ante esto me gustaría incluir la cita de Grossman, Schoenfels y Lee (2005), con la que estoy de acuerdo ya que en el ámbito del profesorado y su formación no solo basta con saber conocimiento sobre el contenido que enseñan, pues es insuficiente. También deben saber reconocer los errores de los alumnos, y conducir a estos errores hacia el aprendizaje. Así el tipo de conocimiento que permite una buena enseñanza puede ser diferente al tipo de conocimiento adquirido por el especialista en este campo. Y es lo que se plasma en la siguiente cita, mencionando a los profesores eficaces.

“Los profesores eficaces conocen mucho más de su materia y más que una buena pedagogía. Conocen la forma en que los estudiantes tienden a comprender sobre su materia; saben cómo anticipar y diagnosticar sus errores; y saben cómo tratarlos cuando aparece. Este tipo de conocimiento se ha denominado conocimiento didáctico del contenido. El cual se diferencia del conocimiento en habilidades genéricas para enseñar porque es específico del contenido que se enseña”. En resumen, en esta cita se demanda algo que a menudo huye de la práctica educativa y del profesorado.

Para terminar con el conocimiento del profesorado, incluye esta imagen de Morine-Dershimer y Todd (2003), en el que se destaca la necesidad de que los profesores posean un conocimiento pedagógico general, relacionado con la enseñanza, con sus principios, con el aprendizaje y estudiantes. Del mismo modo, incluye el conocimiento sobre técnicas didácticas, estructuras de las cales, planificación de la enseñanza, teoría del desarrollo humanos, procesos de planificación curricular…

Imagen de Morine-Dershimer y Todd (2003). Tipos de conocimiento

Siguiendo con las cuestiones anteriormente mencionadas, cuando pensamos en donde nos enseñan nos viene primero a la cabeza la imagen de las escuelas, de los centros educativos, pero tampoco sólo nos enseñan en ella, también en el entorno familiar, en el ocio o en el ámbito del compañerismo.

Después de hacer referencia a estos constructos, quiero recalcar que lo que estoy queriendo decir es que el enseñar, el aprender o el estudiar, requiere tanto de un ejercicio práctico y teórico por parte de los alumnos y de los profesores, pero también del entorno (familiar, social...) en el que nos movemos. Y por tanto, de los conocimientos  de todos ellos, pero sobre todo de los docentes, pues como bien hemos oído numerosas veces la expresión “enseñando se aprende a enseñar”, postula que la práctica hace al docente mucho más que la teoría adquirida en la formación inicial. Se le otorga un valor a las experiencias como fuente de conocimiento sobre la enseñanza y sobre el aprender a enseñar. Como decía Zeichner (1980) “las experiencias prácticas en colegios contribuyen necesariamente a formar mejores profesores. Se asume que algún tiempo de práctica es mejor que ninguno, y que cuanto más tiempo se dedica a las experiencias prácticas mejor será”.

A modo de conclusión, y después de este análisis profundo, creo que es importante examinar el aprender y enseñar no como un fenómeno aislado sino como una interacción de todos los elementos que intervienen en el proceso de enseñanza-aprendizaje.  Pues los procesos de interacción social constituyen una de las unidades esenciales de este proceso, y para ello se requiere de confianza en los docentes, para poder impulsar una escuela basada en la cultura de la colaboración. Asimismo, el proceso de enseñar a unos alumnos que no quieren aprender es difícil pero también el proceso de enseñar por parte del profesorado que no quiere hacerlo, que no tiene vocación y motivación para ello, también lo es.

Bibliografía y webgrafía consultada

Marcelo, C. y Vaillant, D. (2009). Desarrollo profesional docente. ¿Cómo se aprende a enseñar? Madrid: Narcea.

Zabalza Beraza, M. A. y  Zabalza Cerdeiriña, Mª A. (2012). Profesores (as) y profesión docente. Entre el “ser” y el “estar”. Madrid: Narcea

Mira y López. E. (1948). Cómo estudiar y cómo aprender. Buenos aires: Editorial Kaperlusz

http://www.criticalthinking.org/resources/PDF/SP-Howtostudy.pdf (Consultada el día 6/11/2013)

http://www.definicionabc.com/general/educar.php#ixzz2jRLCabmF (Consultada el día 6/11/2013)

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http://www2.fe.ccoo.es/andalucia/docu/p5sd5010.pdf (Consultada el día 5/11/2013)