La colaboración.

En la clase del 6 de Noviembre se nos propusieron dos tareas: la de conceptualizar la colaboración y explicar de qué forma la posibilitaríamos. Después de trabajar el texto de Domingo Segovia, en el que la colaboración ha sido un tema significativo, intentaré dar respuesta a ambas propuestas consultando otros autores. De cada uno de ellos recogeré lo que, a mi parecer, resulta más interesante. En este escrito se trabajará sobre la colaboración en sentido amplio (en el centro educativo), porque si pensamos en la colaboración como una cualidad del asesor, ha quedado suficientemente claro a lo largo de las clases que la colaboración de éste profesional debe dirigirse a trabajar “con”, en lugar de pensar en intervenir “en” o “sobre” los docentes.

 

1. COLABORACIÓN: CONCEPTUALIZACIÓN

            Para muchos autores “los procesos de colaboración son procesos interactivos, de realización conjunta de actividades por parte de personas con experiencias y grados de conocimiento distintos respecto a un contenido, que pretenden generar soluciones creativas a problemas definidos conjuntamente” (Bassedas, 2013, p.44). Esta es la idea de colaboración que más se acerca a mi concepción sobre el término.  La experiencia de un sólo profesional no es suficiente, nadie tiene la respuesta a todos los interrogantes que puedan surgir. La colaboración es enriquecedora, tanto para los implicados porque aprenden unos de otros, como para encontrar la mejor solución para el problema planteado.

Domingo Segovia hablaba de la necesidad de crear contextos colaborativos como una de las tareas del asesor educativo. Empezar a trabajar sobre una necesidad que todos los docentes hayan identificado, que sea común a todos ellos, para “seducirlos” y llevarlos al camino de la colaboración. Pero, otros autores hablan sobre un funcionamiento de tipo “empresarial”, es decir: que todos los miembros del centro educativo trabajen de forma colaborativa, por equipos, compartiendo experiencias, buscando la mejora continua (la mejora propia y la de la entidad a la que se pertenece) y la ágil resolución de los problemas que puedan surgir. El liderazgo de esta peculiar “empresa” debe ser compartido, de forma en la que todos puedan intervenir y hacer su aportación. Pero si esto fuera una tarea fácil, no estaríamos hablando de qué es la colaboración y cómo facilitarla, sino de los resultados que ésta aporta al día a día de los centros.

            Como vimos en clase, la colaboración puede ocurrir de mil maneras, pero debe entenderse como el hecho de  “trabajar con otros para” (debe determinarse qué hacer y cómo hacerlo de manera conjunta). Trabajar juntos hacia un objetivo común, sin afán de competición y en una relación simétrica entre profesionales. Además, la colaboración debería ser un proceso continuo en el que los alumnos sean el objetivo común. Los alumnos deben ser el referente de todo profesor, y la meta, la enseñanza y el aprendizaje. Pero, colaborar es una tarea que en ocasiones puede volverse complicada ya que, como se ha dicho, colaboramos de formas muy diversas.

En clase, la profesora nos expuso las modalidades de colaboración propuestas en Hargreaves, A. (1996). Profesorado, Cultura y Postmodernidad. Madrid: Ediciones Morata. En el capítulo 8: Individualismo e individualidad. El conocimiento de la cultura del profesor., Hargreaves hace referencia a cuatro grandes culturas del profesorado que repercuten de forma distinta en su trabajo como docentes:

 

  • Individualismo: una posible consecuencia del aislamiento espacial, de la estructura de “cartón de huevos” existente en los centros. Aulas segregadas que separan a los docentes de forma en que difícilmente puedan ver y comprender qué hacen sus compañeros. Así, las posibilidades de trabajar con otro se reducen. Además, este aislamiento es una protección contra las críticas; la opinión de alguien que observa nuestro trabajo desde el exterior. Este autor cree que además del aislamiento espacial, los profesores prefieren el individualismo como consecuencia de una falta de confianza en sí mismos, de una posición defensiva, de la incertidumbre y de la ansiedad. En último término, el temor a la exposición y a la incompetencia pública. Optar por este aislamiento, también aleja a los docentes de la alabanza, del reconocimiento de su trabajo. Una justificación verosímil del individualismo por el que opta gran parte del profesorado, podría ser abordada desde tres perspectivas diferentes: como un estado psicológico, como una condición ecológica (estructura física del centro) o como una alternativa propia del profesor (que desea poner todo el tiempo con el que cuenta a disposición de sus alumnos). Por último, cabe mencionar que del individualismo se puede extraer también algo positivo, como lo es el tiempo para la creación; el tiempo para estar con uno mismo y pensar.

 

Del el capítulo 9 (del mismo libro): Colaboración y colegialidad artificial. ¿Copa reconfortante o cáliz envenenado?, se ocupa el siguiente punto.

 

  • Colaboración: puente indispensable para el cambio educativo, así como para el perfeccionamiento de la escuela y el desarrollo del profesorado; todo ello impulsado desde el propio centro. Mediante la colaboración y la colegialidad, los centros y docentes dejarían de depender de expertos externos. Hargreaves también alude a la reforma curricular basada en la escuela (inherente a la colaboración), en la que todos deben contribuir compartiendo el liderazgo, ya sea en la toma de decisiones, en su elaboración o en su implementación. Una cultura de colaboración supone, para el autor,  la coparticipación, la confianza y el apoyo de todos sus miembros entre sí. El trabajo conjunto y la cultura de colaboración favorecen el perfeccionamiento continuo. 

 

  • Colegialidad artificial: hace referencia a trabajos que realizamos con más personas, aunque sea pocas veces, para responder a una demanda externa determinada, como puede ser la elaboración del PEC, el PCC,... Es un tipo de colaboración reglamentada por la administración, obligatoria, orientada a la implementación en lugar de al desarrollo, previsible y fija en el tiempo y el espacio. Dos consecuencias importantes de la colegialidad artificial son la inflexibilidad   y la ineficacia.

 

  • Balcanización (o reino de taifas): el autor enmarca dentro de los departamentos  de la educación secundaria (y en menor medida primaria) este tipo de colaboración. Se refiere a pequeños grupos o departamentos que trabajan entre ellos pero que no se abren a otros grupos. En muchas ocasiones, estos grupos se encuentran enfrentados unos con otros. Algunas características de la balcanización son las lealtades e identidades ligadas a grupos concretos y las incoherencias.

 

Para terminar, el autor expone un último modelo de colaboración que, desde su punto de vista, sería la mejor forma de enfrentarse a esta diversidad de culturas colaborativas: el mosaico móvil.

  • Mosaico móvil: hace referencia a la capacidad de relacionarnos con los demás, atendiendo a la estructura que más convenga. Algunas de sus características son las categorías y pertenencia a grupos entremezclados, límites difuminados, flexibilidad, dinamismo y gran capacidad de respuesta. Asimismo, también parece proporcionar sensación de inseguridad y vulnerabilidad, por lo que es uno de las modalidades más controvertidas.

 

            Es muy importante conocer las culturas del profesorado, sobretodo para poder entender por qué parece que cuesta tanto colaborar en los centros, entender las razones para poder abordar el problema, que desde mi punto de vista es el individualismo crónico, con herramientas útiles y de manera eficaz.

 

2. ¿CÓMO POSIBILITAR LA COLABORACIÓN?

            En el Manual de Asesoramiento Psicopedagógico (2013), el capítulo 2: La colaboración entre profesionales y el trabajo en red., de Eulalia Bassedas, se proponen una serie de estrategias y actitudes profesionales necesarias para la colaboración. Me ha parecido intrascendente copiar aquí todas y cada una ellas, por lo que haré una aproximación propia de lo recogido en el texto.

Las estrategias propuestas están dirigidas a crear un sistema colaborativo, en el que todos sepan cómo va a funcionar. Debe establecerse una estructura y organización mediante la cual se pueda planificar, plantear y resolver los problemas que surjan en esta nueva modalidad de trabajo; es decir, facilitar el trabajo colaborativo de los profesionales implicados. Asimismo, se elaborarán documentos que ayuden a tomar decisiones y que definan las líneas de actuación que todos tomarán como referente.  También deberán propiciarse acciones que resguarden la comunicación y la relación de los profesionales, así como tiempos en los que compartir lenguaje y conocimientos. Por último, los planes de acción que se elaboren deberán ser flexibles y contextualizados.

Las actitudes que deben poseer los profesionales implicados en el proceso, según este texto, son muy diversas: un estilo de comunicación (capacidad de dialogar (hablar y escuchar), interés por la opinión y sentimientos de los otros,...), de relación (actitudes constructivas y satisfactorias hacia los demás, flexibilidad, generosidad, capacidad de adaptación,...), de trabajo (capacidad de autoevaluación, flexibilidad, trabajo en equipo, interés para aprender, innovar, cumplimiento de lo acordado, calma, autocontrol,...), de interés (enfrentarse a situaciones nuevas, personas flexibles y capaces) y de confianza (se refiere a confiar en la capacidad de los demás, no siempre se puede trabajar solo).

            Quizá todas estas propuestas sean muy restrictivas y exigentes. Pienso que la mejor forma de introducir la cultura colaborativa en los centros pasa por “seducir” a los docentes, como en muchas ocasiones hemos tratado en clase. Reunir todos los requisitos que Bassedas nos propone parece más bien, el perfil del profesor ideal y no una serie de herramientas que nos faciliten el trabajo colaborativo. Sobretodo en una realidad en la que no todos saben o quieren colaborar.

Puede que una forma de motivar a todos los docentes a que trabajen de una forma diferente, que requiere un mayor compromiso, sea mediante incentivos. Presuponemos que a nivel intrínseco el incentivo sea el alumnado y sus aprendizajes, algo que responde a la ética profesional de cada profesor. Pero, a parte de esto, a nivel extrínseco podría dotarse de algún tipo de bonificación, contabilización o reconocimiento de las horas y trabajo extra que requiere un tipo de trabajo colaborativo.

Por otro lado, no deben hacerse las cosas difíciles, si en un centro no todos quieren participar en una cultura colaborativa, deberá contarse sólo con aquellos que quieran hacerlo. Aun así, deberá seguir intentándose seducir a los que de primeras se niegan abiertamente.

Para terminar, me gustaría llamar la atención sobre una reflexión personal que me ha ido rondando durante todo este trabajo: la formación inicial del profesorado. ¿Por qué no se trabaja la cultura colaborativa ya en la formación docente? ¿Puede que se deba a que los profesores universitarios sean los menos colaborativos? ¿No podrían coordinarse para proponer actividades en las que los diferentes magisterios deban colaborar?

Lo que si es seguro es que: “Todo este proceso requiere tiempo, voluntad y la convicción de que el trabajo conjunto generará un beneficio para los usuarios de los servicios y sus familias” (Bassedas, 2013, pp.55-56).