Reflexiones en torno a la identidad docente I: la elección de ser docente

En las siguientes entradas analizaré  una serie de artículos en torno a la identidad docente y su construcción a través de la formación inicial y permanente, la práctica docente, las experiencias tempranas y preconcepciones de la docencia y el contacto con otros docentes.

En primer lugar, comenzaré por analizar de forma crítica el artículo “La elección de ser docente” (Sandra Martínez Pérez y Luispe Gutierrez. La elección de ser docente; Cuadernos de Pedagogía; Nº 436, pp. 22 – 25).

La temática del mismo gira en torno a las motivaciones que tienen hoy en día los jóvenes que entran en magisterio con la intención de ser docentes en infantil o primaria. A lo largo del artículo se tratan cuatro fuentes de motivación principales y no mutuamente excluyentes:

  • La vocación, o mejor dicho, las vocaciones docentes puesto que cada joven tendrá su propia perspectiva personal de la vocación entendida como un impulso interno más o menos innato y en ocasiones imbuido de un ideal sentido del deber hacia la educación y la sociedad (testimonio de Jon). Igualmente, también se menciona a su contrapunto (si se quiere ver así) el pragmatismo de buscar un trabajo más o menos cómodo y bien pagado (si es que así se entiende socialmente la docencia al menos en parte).
  • Los primeros contactos con la docencia durante la infancia, una época que deja profunda huella emocional en algunos jóvenes condicionando menormente su desarrollo profesional futuro (testimonios de Laia y Montse).
  • La influencia positiva o negativa de figuras cercanas, que en el primer caso suelen ser personas estrechamente vinculadas a la educación (parientes, docentes que nos han dado clase…) que despiertan el interés por el mundo de la educación (testimonio de Laia), mientras que en el segundo caso suelen ser representaciones cercanas de la poca consideración social que en algunos sectores sociales se tiene de la educación (testimonio de Ana).
  • Finalmente, nos encontramos con el impulso tan escépticamente considerado de desear trabajar con niños, de amar a los niños. Y decimos escépticamente considerado por ser quizás la motivación que más dudas y peros genera algo que, en parte resulta un tanto paradójido. ¿Debemos suponer que alguien que quiere ser docente porque en su infancia le gustaba ir a la escuela es más consciente de lo que implica la docencia? ¿Acaso la vocación idealista supone un conocimiento del día a día de la docencia o una garantía de que ese impulso se mantendrá en el tiempo? Quizás, en un sentido pragmático, la motivación más informada pueda ser la de disponer de una figura familiar cercana que no sólo nos llame a la docencia sino que desde el principio arroje luz sobre sus entresijos. Las restantes motivaciones parecen, a priori, igualmente idealistas y abstractas como para establecer graduaciones en torno a su “corrección” ya que una cosa es cierta: difícilmente se podrá ser un buen docente de primaria o infantil si no te gusta trabajar con niños aunque lo opuesto no sea necesariamente cierto (no toda persona a la que le gusten los niños tiene que ser un buen docente).

En cuanto al formato del artículo, su desarrollo se fundamenta en la combinación de tres actores principales: jóvenes docentes (Jon, Laia, Montse, Ana, Ainara, Carlos…), profesionales espectadores sociólogos, pedagogos y filósofos (Dubet, Zembrano, Meireu…) y los propios autores del texto (Sandra Martínez y Luispe Gutierrez). Dado que el artículo se plantea como una reflexión guiada en torno a algunos testimonios, aun sin tener validez estadística sobre la realidad de las motivaciones de los docentes actuales, si recoge una colección suficientemente variada de posturas. Quizás se eche en falta una perspectiva personal de las motivaciones más “pragmáticas” y des-idealizadas que sólo se introducen de manera indirecta a través de Jon (no sabemos si por iniciativa de los autores o por pura casualidad pero la realidad es que resta representatividad a la muestra).

A título personal, y después de leer el artículo, la reflexión que debemos hacer en torno a los relatos personales recogidos ni es tanto en torno a los mismos de forma aislada sino a la aportación de estos a la docencia. En este sentido, casi todos los relatos tienen algo en común: todos tienen detrás un impulso interno hacia la docencia. En algunos casos vocación, en otros experiencias tempranas y en un tercer grupo figuras de referencia o el deseo de compartir experiencias vitales con niños.

Aunque es verdad que dichos impulsos personales no garantizan la satisfacción personal futura, si parece que la facilitan en cierta medida. Ser docente es un trabajo que supone retos diarios e intensas interacciones sociales difíciles de gestionar sin predisposición a amar la profesión. La fuerza de voluntad tiene un límite y luchar día tras día con una profesión que no te satisface seguramente sea el camino más seguro al desencanto o la depresión. Tampoco quiere decir que los docentes con vocación no puedan sentir desencanto pero, al menos, tendrán un impulso personal que les ayudará a gestionarlo, llegar a casa y pensar: ha sido un día duro pero amo mi trabajo y lo que supone para la sociedad.

Finalmente, quizás en las últimas décadas las motivaciones de la profesión docente han cambiado en parte por la necesidad de aumentar la oferta de plazas tras la transición democrática. Este puede ser un factor menor que ayudase al actual desencanto docente, puesto que hoy día seguramente haya una proporción mayor de docentes sin vocación aunque, sobre todo en infantil y primaria, sigue siendo una profesión con cierto carácter vocacional (Rosario I. Herrada Valverde y Gabriel Herrada Valverde 2012). Seguramente sea ese carácter vocacional y la percepción, acertada o no, de que aún tiene salidas laborales ventajosas los elementos que hacen que pese a la situación actual (recortes y la disminución de la demanda de profesionales) siga habiendo una razonablemente alta demanda en las facultades de educación. En todo caso, de seguir la situación actual de recortes y reducción de la oferta de plazas, por muy triste que suene decirlo la docencia quizás se vuelva más vocacional destinada a aquellos individuos idealistas que se nieguen a desmotivarse por salarios decrecientes y condiciones de trabajo en retroceso. La alternativa deseable a ese escenario parcialmente catastrofista vendría de una sana combinación entre vocación social, ética profesional, elevada oferta de plazas docentes y adecuadas condiciones laborales. Dicho escenario sólo podrá darse si hay voluntad política y se instaura en la sociedad el sentido del deber y el servicio público en la docencia de tal formar que ser docente sin vocación se convierta en una quimera en una sociedad con vocación educativa en la que los propios centros formativos refuerzan los puentes sociales con la vocación (no olvidemos el rol que puede tener la propia Universidad a la hora de reforzar o despertar la vocación en los futuros docentes).

Referencias bibliográficas

Sandra Martínez Pérez y Luispe Gutierrez (2013). La elección de ser docente; Cuadernos de Pedagogía; Nº 436, pp. 22 – 25.

Oriol Fonollosa (2013). Vocación de servicio y docencia; http://blog.ididactic.com/vocacion-de-servicio-y-docencia/

Sánchez Lissen, E. (2003). La vocación entre los aspirantes a maestro, Educación XX1, 6, 203-222.

Rosario I. Herrada Valverde y Gabriel Herrada Valverde (2012). Fin der las diplomaturas de magisterio_ motivaciones, dificultad y satisfacción con la formación de sus últimos alumnos;  Tendencias Pedagógicas; Nº 19, 2012, pp. 175-188.