Reflexiones en torno a la identidad docente II: aprender a ser maestra perplejidades y paradojas

Si en el artículo “La elección de ser docente” reflexionábamos sobre las motivaciones de los docentes de infantil y primaria más noveles, en “Aprender a ser maestra: perplejidades y paradojas” se analiza la necesidad de que esos mismos profesionales tengan que renovar metodologías ante un futuro incierto, un mundo educativo ambiguo y complejo (mundo V-I-C-A). Al mismo tiempo se analiza su formación inicial desde el prisma de los retos que deben afrontar en el sistema educativo actual y los que surgirán en el futuro.

Tal y como se menciona en el artículo, uno de los objetivos del sistema educativo es la transmisión y preservación de valores, actitudes y saberes dominantes y hegemónicos de una sociedad. El hecho de que esta perspectiva sea la dominante hace que normalmente se tienda a mirar al pasado o como mucho al presente algo extensivo al artículo que analizamos. Es en este punto donde encuentro una de las principales carencias del sistema educativo actual: su incapacidad para ser tractor de cambios sociales. Puede que el sistema educativo sea el engranaje transmisor de la realidad social histórica pero no es menos cierto que debe aspirar a que las futuras generaciones se erijan por encima de las carencias de las pasadas y eso implica crear nuevas realidades sociales. Sin embargo, el hecho de que el discurso educativo gire en torno a la necesidad de adaptar la realidad de los centros educativos a la realidad social de la calle no hace sino reflejar que, lejos de estar contribuyendo a la nueva construcción social, el sistema educativo está teniendo problemas incluso para ir a remolque de esta. Aunque suene catastrofista, necesitamos cambios de calado en cuanto al dinamismo y aperturismo de los centros educativos porque la realidad es que se está perdiendo la “batalla” por el desarrollo social en favor de nuevas realidades como las redes sociales o los medios de comunicación de masas. No es que esta nueva realidad con nuevos actores sea intrínsecamente negativa pero si lo es la falta de capacidad del sistema educativo para situarse como referencia en estos nuevos escenarios.

Y es que estos nuevos retos tienen mucho que ver con lo que David Berliner ha tenido a denominar “mundo V-I-C-A”, una realidad volátil, incierta, compleja y ambigua que los docentes deben aprender a abrazar como propia. Es precisamente en los primeros años de práctica docente en donde se comienza a manifestar con mayor energía el impacto del mundo V-I-C-A. En este periodo de la vida profesional de los docentes se confronta la visión personal previa de la docencia con las realidades que se empiezan a transmitir en los centros formativos y su interacción con compañeros y docentes.

Ya antes de este shock profesional, la docencia debe hacer frente a ciertas ambigüedades sociales ya que, en cierta medida, existe una visión de desprecio de la educación infantil (trabajo cómodo, bien remunerado, con muchas vacaciones, que no requiere mucha formación…) a la par que se mantiene como una de las profesiones más valoradas lo cual parece suponer una cierta contradicción.

Aunque antes hablábamos con cierto tono grave de la relación del sistema educativo con su entorno, no sería justo no reconocer que se han conseguido conquistas muy importantes en todos los ámbitos desde la transición democrática (escolaridad casi del 100%, 38% de estudiantes en la universidad, evolución en renta per cápita, número de docentes en el sistema educativo…). De hecho llegó a haber una época de bonanza para los profesionales de la educación, se abrieron etapas educativas a titulados superiores sin formación pedagógica, prácticamente desapareció  el paro en la profesión y magisterio vio como crecía su oferta educativa.

Sin embargo, actualmente, los profesionales de la educación que terminaron su formación entre 2004 y 2010 tienen un panorama muy diferente. Pocos tienen plaza asegurada, algunos están en centros concertados, otros haciendo sustituciones y muchos sin plaza de ningún tipo. Y es que actualmente el sistema educativo está viviendo las consecuencias de la crisis y, por qué no decirlo, de la política: recortes, menos profesores de apoyo, más responsabilidades para los docentes, pérdida de poder adquisitivo…

Hoy en día, y tal y como comentábamos con anterioridad, existen nuevas realidades en torno a la educación. La integración de las TIC en la sociedad del conocimiento ya es una realidad y con ello las exigencias crecientes a los docentes para que los jóvenes del mañana estén capacitados para la indagación y articulación dinámica de conocimiento para la resolución de problemas. Los viejos paradigmas de memorización y repetición de conocimientos, si bien hace muchos años que deberían haber dejado de ser una realidad, se resisten a dominar ciertos ámbitos de la docencia (al menos en el caso de algunos docentes).

Estas crecientes demandas hacia la educación se extienden a sus primeras etapas. Cada vez se exige más de ellas, no sólo viejas demandas vinculadas a la psicomotricidad y la alfabetización sino también otras nuevas asociadas a la educación emocional y los comportamientos éticos. También debe tenerse en consideración la creciente diversidad del alumnado tanto geográfica como ética, emocional, lingüística o identitaria. Por último es significativo el impacto de la digitalización de la cultura y la sociedad (redes sociales, Internet, pizarras digitales, ordenadores en el aula…) que ha cambiado completamente el paradigma en torno al acceso y utilización de la información.

Todos los aspectos mencionados nos llevan a reflexionar en torno a la formación permanente que reciben los docentes actualmente y a si esta se ajusta a las necesidades del sistema educativo y a las suyas propias en línea con lo que demanda la sociedad del mañana.

Recopilando la línea de pensamiento personal que plasmaba al inicio, el sistema educativo no está sólo para transmitir y preservación de valores, actitudes y saberes dominantes y hegemónicos de una sociedad sino para edificar el futuro de esa sociedad, para cambiarla y convertirla en lo que queremos que sea en el mañana. Es ahí en donde nuestro sistema educativo no ha alcanzado las cotas de éxito que algunos esperaban porque, por una combinación de factores, recientemente siempre ha ido a remolque de una sociedad que ha cambiado rápidamente y de la que en gran medida se ha quedado descolgado. No es que el sistema educativo deba cambiar debido al clima de crisis actual, es que lleva muchos años siendo un espectador retrasado de los cambios sociales y ahora que ese retraso es manifiesto y surgen nuevos problemas que afectan de lleno a los profesionales de la educación cuando se aborda esta problemática. Eso nos plantea importantes cuestiones: ¿hemos estado preparando ciudadanos para el mañana?, ¿hemos formado ciudadanos críticos y responsables en los que predominan más las habilidades propias de la era digital y menos al almacenamiento memorístico de información? o por el contrario ¿nos hemos limitado a maquillar levemente las metodologías que se han heredado los últimos 30 años?, ¿realmente la docencia ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años? ¿debería haberlo hecho? Son cuestiones importantes llenas de matices que quedan en el aire y que difícilmente puede considerarse simples de contestar puesta que, sencillamente, depende del prisma con el que cada cual las aborde.

Fuentes bibliográficas

Juana M. Sancho Gil y José Miguel Correa Gorospe (2013). Aprender a ser maestra: perplejidades y paradojas; Cuadernos de Pedagogía; Nº 436, pp. 18 – 21.