La educación en valores

 

La educación en valores

 

En multitud de ocasiones, cuando nos referimos a educación en valores, no sabemos bien a lo que nos estamos refiriendo. Esto se debe a que existe en el ámbito educativo un desconocimiento de los valores que se deberían tratar y cómo se podría trabajar con ellos. Por tanto, se debe establecer una diferenciación terminológica y delimitar el ámbito que le es propio a la educación en valores, diferenciándolo de otros ámbitos afines o próximos.

En primer lugar, procedamos a delimitar el concepto de valores, respecto a otros tales como “actitudes” o “normas”. El concepto actitud alude al ámbito de los sentimientos, positivos o negativos, que alberga una persona en relación a un objeto. De este modo, las actitudes se definen como predisposiciones estables de conductas, generadas por los valores en que una persona cree, y que mueven a comportarse de una forma u otra.

Por otro lado, las normas se definen como pautas de conducta que establecen el comportamiento adecuado en una situación concreta, y se pueden clasificar en externas (relativas al consenso social) e internas (establecidas de forma libre y querida por la propia persona en función de unos valores o principios, aunque tengan un referente externo). Pero ¿qué relación tiene este último concepto con el término valor? Pues la relación se establece afirmando que toda norma presupone algún tipo de enunciado o principio valorativo, del que deriva y al que se puede acudir para dar razón de ella.

Además, las normas están formadas por un conjunto de principios que especifican determinados tipos de comportamiento en situaciones específicas. Se podría concluir con esta relación entre ambos términos, con una definición de los valores, realizada por González Lucini, donde se sintetiza la relación entre las actitudes y las normas: “los valores son proyectos globales de existencia que se instrumentalizan en el comportamiento individual, a través de la vivencia de unas actitudes y del cumplimiento, consciente y asumido, de unas normas o pautas de conducta”.

En segundo lugar, en cuanto a la delimitación del ámbito propio de la educación en valores, debemos distinguir al mismo de otras áreas tales como la socialización, la educación cívica, los ejes o temas transversales, la educación y formación ética y la educación moral.

La educación en valores debe contemplar desde el prisma personal y colectivo de cada “yo”, el proceso de autoconstrucción y de desarrollo que permita al alumno tratar y orientarse autónomamente con todas aquellas realidades, cercanas y lejanas, que plantean conflictos e interrogantes. Además, debe desarrollar las capacidades de juicio que permitan pensar en términos de entendimiento y tolerancia, de justicia y solidaridad, así como fomentar también todas aquellas disposiciones que permitan su traducción comportamental. Por tanto, no sólo se trata de que los niños y niñas en los centros educativos aprendan contenidos meramente curriculares, sino que los contenidos transversales o la educación en valores, son imprescindibles para el fomento de la igualdad, el respeto o la solidaridad. Sabemos que es complicado conseguir que los y las docentes tengan tiempo para desarrollar el extenso currículo, temas transversales, educación en valores, etc. pero en mi opinión nadie afirma que sea fácil, sino que lo importante es la relevancia que esto tiene para el desarrollo integral de las actitudes futuras de los niños y niñas y su desarrollo como personas en la sociedad.