Montero y Sanz: De la perspectiva a la realidad del deseo

Continúo con mis reflexiones sobre los textos “obligatorios”, abordando en este caso el de Montero y Sanz.

En este caso, me veo impulsado a iniciar la entrada realizando una aportación quasi-filosófica sobre el título de la obra. En numerosas ocasiones se comenta el difícil camino entre la realidad y el deseo, pero ¿qué es lo que marca la diferencia entre la realidad y el deseo? Solo contestándonos a esta pregunta, podremos llegar a obtener ese deseo. Cada cual tendrá su propia respuesta (supongo que bastante similares en casi todos los casos), por lo que dejo un espacio abierto para la deliberación de cada uno.

El deseo de una educación de calidad viene determinado por múltiples factores, entre los que se encuentra el asesoramiento educativo. Este texto nos introduce en la visión del asesoramiento desde una perspectiva más compleja y ardua de lo que lo concebimos normalmente. Nos ofrece una visión digna de plasmar en nuestros contextos escolares, motores de cambio de la sociedad en la que nos encontramos.

Comenzaré, como es habitual en mí, haciendo mención a una cita del texto: “Desde esta concepción amplia de la función asesora, en la que tienen cabida tanto los asesores internos o de la comunidad educativa, propiamente dicha (Equipo Directivo, órganos de gobierno, Departamento de Orientación…) como los externos a los centros educativos (tanto los dependientes de la propia Administración Educativa: Inspección, Equipos Específicos, Asesores de Formación,… como que proceden de otras instituciones comunitarias), es desde la que podemos construir la figura de un asesor o asesora capaz de trabajar colaborativamente tanto dentro como fuera del centro e inducir y construir cambios dirigidos hacia la mejora”. Me parece primordial la idea expuesta aquí, puesto que nos aporta un enfoque de asesoramiento dual (por decirlo así), donde no solo existe una figura de asesoramiento interna al centro, sino que existen otras figuras que potencien este asesoramiento desde un marco externo al centro educativo. Así, se consigue una visión tanto interna como externa, que da un panorama globalizado de la realidad del centro (excluyendo de esta forma críticas a cualquiera de los dos enfoques: más información sobre la realidad del centro, subjetividad en las opiniones…). Lo único que falta para mí en esta realidad, es la comunicación entre las dos figuras mencionadas (pueden ser más de dos), con vistas a retroalimentarse.

Seguidamente, quiero exponer otra cita del texto que comenta que “la relación de asesoramiento que se produce se caracteriza por ser voluntaria”. Día a día vemos como los profesores no encuentran sentido a la figura del orientador (y por lo tanto al asesoramiento), por lo que esta relación voluntaria puede ser distorsionada. Mi pregunta sobre esta realidad es la siguiente: ¿Si encontramos un centro donde la relación de colaboración voluntaria no existe, que podemos hacer?, ¿debemos de separar un tiempo para conseguir esto o los semi-forzamos para que vean nuestro trabajo y se den cuenta de su importancia?

Es digna de mención también la siguiente cita: “Desde nuestro punto de vista, al contrario, orientador y asesor interno devienen en la misma figura. Es más, reivindicamos una clara identificación de ambos (la orientación atravesada por el asesoramiento)”. Personalmente, concibo que la diferenciación entre ambos términos es buena en muchos sentidos, ya que si quieres estudiar algo, el conocer y analizar sus elementos, conllevará una mejor comprensión del mismo, pero aquí se me presenta el interrogante de qué es lo que atraviesa a qué. Como hemos visto, hay varias formas de considerar el asesoramiento, y por ello, no debemos de sacar conclusiones precipitadas. Para mí, no existe una diferenciación tan clara entre ambos, y por lo tanto pienso que las dos están atravesadas por la otra, ya que son dos figuras que en ocasiones se yuxtaponen, existiendo un punto común de unión entre ellas, donde ninguna es superior, sino tan solo complementarias.

Me parece también interesante la visión reductora que ofrecen en el texto de la figura del orientador, siempre desde la visión externa. “El orientador -u orientadora- es entendido y reducido, en muchas ocasiones y en muchos centros educativos, a un terapeuta o quizás, con suerte, a un psicólogo escolar, negándosele inicialmente el conjunto mucho más amplio de facetas propias del asesor: consulta, colaboración, apoyo, dinamización, innovación, punto de encuentro e integración de diversos ámbitos y sectores…”. En este fragmento podemos encontrar que el asesoramiento tiene muchas facetas, de las cuales la mitad son ignoradas. Leyendo esto se me viene a la cabeza la afirmación de Carmen Quintana  (2012): “Cuando digo que soy asesora, nadie me entiende”. Con esta visión coartada del orientador, vemos como es imposible o muy difícil un pilar básico de su figura, la colaboración con los profesores, lo que le va a repercutir en su labor, lo que dará como resultado un círculo de retroalimentación positiva de individualismo, del que será muy difícil de salir.

Desde este punto, me gustaría clarificar los mapas conceptuales que aparecen en el texto, ya que creo que a veces ni los propios asesores saben lo que son o lo que hacen.

  Mapa conceptual 1- Montero y Sanz

  Mapa conceptual 2- Montero y Sanz

Desde mi percepción, le haría pequeños apuntes a los mapas conceptuales, ya que entiendo el primero como algo cíclico y no lineal, tal y como aparece explicitado. Desde mi percepción, faltaría una flecha del alumno al orientador, ya que el orientador no trabaja con problemas imaginarios o descontextualizados, sino que es el sector alumnado quien determina las dificultades y problemas con los que se encuentra el centro y sobre las que trabajará el orientador. Con esa flecha, estaríamos propugnando la contextualización del trabajo del orientador/asesor, ya que así puede dar lugar a equívocos de jerarquización. Ya en el segundo mapa, otra modificación que realizaría sería el cambiar el orden de los factores (no de las flechas), puesto que pondría el orientador en el medio o a la altura del profesor, para que así se entendiera como recurso y no como figura preponderante. Este (el orientador), tendría dos flechas dirigidas hacia el profesor y hacia el alumno, ya que vemos como la interacción directa con el alumno por parte del orientador también es visible. También añadiría en este caso la flecha del alumnado hacia el orientador. Con estas aportaciones pretendo plasmar mi visión particular del proceso, lo cual no quiere decir que no se pueda someter a dudas o equívocos.

Continuando, me voy a referir a la cita textual: “Por otro lado, aceptar un modelo socio-psicopedagógico supone además tener presente un enfoque sistémico de la institución escolar. La escuela es un sistema con subsistemas (familias, alumnado, profesorado, órganos colegiados...) y relacionado o abierto a otros sistemas, barrio, ciudad, sociedad... Un cambio o movimiento en uno afecta a los otros... una disfunción también. Por eso, nuestra intervención, como venimos diciendo, no puede ser clínica, sintomática, sino sistémica, teniendo en cuenta todos los elementos sobre los que intervenir aunque con frecuencia no se pueda y sea algo utópico”. Esta cita presenta la idea de sistematización, tanto en el trabajo como en la realidad presente en el aula, lo que nos da como resultado que el asesoramiento ha de ser algo planificado, detallado, consensuado…y que altere lo menos posible de forma negativa a cualquiera de los subsistemas que lo forman. De esta manera, obtenemos una visión práctica del asesoramiento más compleja de lo que podemos entrever en la teoría. Tenemos que tener en cuenta todos los sectores de la comunidad educativa y actuar en consecuencia de sus necesidades, con un plan riguroso y sistémico de actuación que nos lleve a la obtención de logros educativos. También podemos relacionar este párrafo con lo mencionado en el texto sobre las reuniones de barrio. Muchos  de los subsistemas con los que trabaja la escuela están fuera de ella, por lo que no por ello debemos de hacer como si no existieran. Como orientadores tenemos el deber de promover una escuela contextualizada, y por lo tanto de tratar con el medio, por lo que me parece una idea muy buena la de las reuniones de barrio.

Me gustaría  también mencionar el párrafo donde anuncia la diversidad de tareas que realiza el orientador: “En el primer polo están la escuela inclusiva superando la integradora, la diversidad como riqueza personal, cognitiva, emocional, cultural, social, el paradigma colaborativo, el aprendizaje cooperativo, el trabajo en red con otros profesionales del entorno sociocomunitario, con otros colegas, con otras escuelas… En el otro extremo, el contexto del que partimos, la realidad, el centro en el que trabajamos, el análisis de necesidades, los compañeros, los alumnos, las etiquetas, el tienes que mirar a este niño... Nuestro trabajo de malabarista es hacer equilibrios entre uno y otro extremo”.  Como observamos en esta aserción, el trabajo del orientador debe de centrarse por una parte en la atención a la diversidad y la colaboración con todos los agentes educativos y comunitarios, lo que personalmente relaciono con el carácter preventivo de la orientación y el asesoramiento, puesto que al atender a toda la comunidad, lo que normalmente se lleva a cabo son programas de prevención de determinados riesgos sociales como la drogadicción, programas de sexualidad, etc. Por otra parte encontramos ya la actuación sistémica sobre algún niño/a en particular, lo que conlleva el análisis de necesidades, la intervención y la evaluación de la intervención. Como bien dice el texto, debemos de equilibrar estos dos tipos de actuaciones, no descuidando ni la prevención ni la actuación sobre los agentes que lo necesitan.

Muy conectado con lo anterior encontramos la siguiente cita: “En esencia y como reflexión de todo lo expuesto, podríamos hablar de dos grandes ejes o nudos en torno a los que tejer la labor asesora (orientadora) en un centro educativo: por un lado, el conjunto de actividades y tareas relacionadas con la colaboración y la cooperación -lo que hemos dado en llamar “pegamento”- y, por otro, la actitud positiva, creativa para generar y dinamizar situaciones de cambios para la mejora -lo que con el mismo sentido del humor, llamamos “vitaminas”-. Con más razón, si pretendemos que esos cambios perduren, porque llegan a ser sostenibles en el tiempo (Hargreaves y Fink, 2002, 2006)”. Como asesores debemos de basarnos en dos pilares básicos: la colaboración (y cooperación) y el cambio, con vistas a crear una escuela cada día más compacta y con mejores condiciones, consiguiendo cada día una mejor realidad. Podemos poner como un ejemplo similar el aprendizaje en espiral de Piaget.

Por último, quería mencionar la última frase: “Cuanto más visible es el orientador, más se conoce lo que hace y cuanto más se conoce, mejor se comprende”. Esta idea me parece esencial, y por eso redundo tanto en ella en diversas entradas. Para que los profesores conciban el asesoramiento como un medio para conseguir una educación de calidad, lo primero que han de hacer es saber qué es el asesoramiento y cómo actúa, por lo que a día de hoy, debemos de difundir nuestro trabajo, sobre todo en el sector educativo, y no hacer que pasamos test para que vean que hacemos algo, ya que esto no lleva a nada.