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"Con suerte... reformulación de su propia cultura profesional en la educación".

Nos mostraron la soledad y el poder de la enseñanza, la dureza de las paredes, el frío que trasmitía el suelo, el desierto de los conocimientos,  y cómo la sociedad nos había abandonado.  Todos los periódicos, las radios, las televisiones, y demás medios de comunicación nos hicieron creer “la orfandad educativa”, y el profesor que siempre se cuestiona todo, pensó que si todos afirmaban la misma realidad tal vez era él, el que se había equivocado. Esa vivencia le hizo convertirse en un ser duro, rígido, inflexible, resistente, obstinado, perseverante, y férreo. Una especie de cobaya que llevaba por nombre “Individualismo”. La verdad es que este profesor interactuaba de una manera fragmentada, si le preguntabas algo, contestaba con un gruñido, que traducido significaba “soy feliz con mi aislamiento físico y psicológico”. El pobre pensaba, que si lo repetía mucho llegaría un momento en el que dejaría de sentir dolor. Buscando la creación de un sitio privado, se encerró en su cueva, haciendo prisioneros a todos los niños que en ella se encontraban.  Él sólo estaba preocupado en cumplir con sus responsabilidades, con mandar y hacer que se cumplieran sus órdenes. Pero un día cuando se dio la vuelta, escuchó el murmullo de los niños. Estos le habían apodado “el huraño”.

 En ese momento, se dio cuenta de que no era el mago que conseguía que se cumplieran los sueños de los niños, sólo era el instructor de su quehacer más cercano. Así que decidió ir al registro y cambiarse de nombre, poder comenzar una vida desde cero intentando modificar su pasado. Después de meditarlo se nombró así mismo “Balcanizado”.

Comenzó una nueva etapa, comenzó a hablar con otros profesores de la zona y entre ellos formaron un pequeño grupo. Gracias a las conversaciones que ellos tenían aliviaban su día a día y aprendían alguna que otra cosilla. Pero todas las tardes se reunían los mismos profesores, que más o menos pensaban lo mismo, que tenían las mismas materias,...y esa novedad se convirtió en monotonía. Una monotonía que con su peso aplastaba y destruía la personalidad de cada uno. Los miembros del grupo se reunieron a tomar un café en la sala de juntas (como de costumbre) y “Balcanizado” se atrevió a decir lo que pensaba sobre ellos mismos, - estamos cansados, agotados debemos de oxigenarnos, ¿Qué podemos hacer?-. La tímida profesora de Historia llamada “Artificial” alzó su pequeña voz –podíamos prefijar unas metas, donde los tiempos y espacios estuvieran claros y así tener una excusa para hablar con los demás- al grupo le pareció buena idea. Se pusiera manos a la obra, crearon instancias que decían como proceder para hablar con los demás grupos, regulando todo de manera administrativa. Forzaron a los grupos a ponerse a cavar en la misma posición para hacer germinar la flor, de la que todos pudieran beber el polen. Lo que ellos no sabían es que la genética de la flor se modificó frente a la tensión existente y su tallo nació con espinas.

Durante un periodo largo de tiempo, cada profesor intentaba llegar a los pétalos de la flor. Pero esta habían crecido demasiado y no llegaban por separado. Día tras día, llegaban a la escuela y salían con la sensación de que sus espinas eran demasiado dañinas y que nunca llegarían a saber el tacto que tenía.

 Mandaron cartas a inspección, al ministerio de educación pero nadie les respondía. Hasta que un buen día un profesor con enajenación mental , escuchó a uno niños que jugaban en el patio y decían- ¡hay nuestros profes!, si pudieran darse cuenta, que si hacen una cadena humana y la utilizan como base, para que los demás trepen y puedan olerla, todo sería más fácil-. El profesor se quedó maravillado, el niño tenía razón -¿Cómo te llamas?, les preguntó-. Sonriendo le respondió -“Colaboración”-. -Acompáñame que le tienes que explicar eso a los demás-. Esa colaboración espontanea que se había creado entre “colaboración” y el profesor podía cambiar la realidad existente. Podía crear un sentido de comunidad, conseguir un fin compartido, e incluso crear estructuras y contextos para que esta vivencia no se tuviera que repetir. Los profesores aplaudieron la idea, la opinión de los padres fue tomada en consideración, las iniciativas evaluadas, los niños escuchados, y todos pudieron saber a que olia y que tacto tenía la flor.

Muchas moralejas se podían sacar de esta historia, tal vez la primera de ellas, es que el aprendizaje también sufre su propio sistema de evaluación y con suerte... reformulación de su propia cultura profesional en la educación

Fdo. Yesshenia Vilas Merelas.