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F) Capítulo III: De camino a la superficie terrestre (diálogos sobre la sociedad del conocimiento I)

El encuentro en el hangar con el profesor Arthur, a quién recuerdo como uno de los mejores docentes con los que he tenido el placer de compartir mis experiencias de aprendizaje, tuvo un importante efecto tranquilizador. En mitad de un entorno extraño y ajeno como el planeta ALH84001 (la Tierra para sus habitantes), trabajar codo con codo con una figura familiar representaba una gran diferencia. Una vez a bordo del transporte, y mientras se efectuaban las últimas comprobaciones rutinarias, el profesor me invitó amablemente a tomar algo para hablar distendidamente sobre nuestra misión en la Tierra:

-       Parece que estaremos un tiempo a la espera de que verifiquen los sistemas –dije inquieto.

-       Eso parece, y además nuestro primer destino será el satélite de ALH84001. Tenemos que parar allí a recoger personal científico. Biólogos y químicos principalmente, preferiría ir directamente a la superficie a trabajar pero….son órdenes de nuestro mayores –afirmó cabizbajo Arthur mientras cogía un recipiente extraño que escupía vapor por un orificio-. ¿Es consciente de la relevancia de nuestra misión aquí? –cuestionó con tez seria el profesor mientras llenaba dos tazas de un líquido oscuro.

-       Ciertamente, nos encargaron el estudio de la cultura y sociedad de esta civilización, sobre todo en lo referente a su concepción de la educación –respondí con cierta seguridad.

-       Si, si, esa es la descripción formal de nuestra misión pero, ¿en qué radica su importancia?

-       Bueno, el alto mando considera una prioridad el estudio del universo y todas las civilizaciones avanzadas que en él se encuentran, ya sean de la antigüedad o actuales. Gracias a ello progresamos como civilización, establecemos relaciones comerciales e incluso alianzas, aunque en ocasiones también surgen conflictos.

-       Venga, Talon, usted puede hacerlo mejor que eso. No le he pedido una respuesta de concurso, no crea que le interrogo en nombre del alto mando. Nuestra misión es importante porque tenemos la responsabilidad de aportar a nuestra civilización nuevas perspectivas.

-       ¿Nuevas perspectivas? –dije desconcertado.

-       En efecto. Cada especie, cada civilización posee una visión única del universo. No es sólo una cuestión cultural o histórica sino también biológica. Piénselo por un momento, nuestra forma de ver, oír, aprender y de sentir depende de nuestras estructuras cerebrales. Aunque los habitantes de la Tierra fuesen, en apariencia, semejantes a nuestros ancestros, su civilización era muy diferente. Nosotros, querido Talon, al igual que ellos, estamos condicionados y limitados por nuestra percepción del universo. Nadie puede liberarse de esas cadenas, pero nosotros tenemos la oportunidad de estudiar estas civilizaciones, entenderlas y abrir nuevas ventanas al conocimiento del universo. ¿Entiendes ahora la importancia de nuestro trabajo?

-       Puesto en perspectiva, está usted en lo cierto, ese debe ser sin duda nuestro cometido –respondí mientras probaba el brebaje al que me había invitado el profesor-. ¡Puaj! ¿Qué se supone que es esta cosa amarga? ¿Agua sucia? –exclamé con enfado mientras devolvía el líquido elemento a su receptáculo original.

-       Los antiguos habitantes de este planeta lo llamaban café. Se trata de una bebida que se obtiene a partir de las semillas tostadas de una planta homónima –respondió el profesor.

-       ¿Por qué extraña razón alguien se bebería esto voluntariamente?

-       Bueno, sin duda cuesta acostumbrarse al sabor, pero tiene cierto efecto vasodilatador, incrementa el nivel de atención y en parte es revitalizante.

-       ¿Revitalizante? Tenía que haber pensado que sólo un brebaje tan amargo y asqueroso podría albergar semejantes efectos.

-       ¡Jajajajaja! –rio a carcajada limpia Arthur-. Además tiene otro efecto interesante.

-       ¿Cuál?

-       Ayuda a ponerse en el lugar de los antiguos habitantes de este planeta. ¿No recuerda lo que hablamos antes? Por lo que tengo entendido, era una de sus costumbres tomarlo en compañía para charlar tal y como hacemos ahora nosotros.

-       Profesor ¿puedo hacerle una pregunta? –dije mientras me limpiaba el mal sabor del café con un vaso de agua.

-       Por supuesto.

-       ¿Qué diferencia existe entre los conceptos de sociedad de la información y sociedad del conocimiento? [1][2][10] Es que aún después de leer varias referencias a estos términos sigo sin tener claro en qué contexto empleaban cada uno esta civilización. No encuentro una traducción fiel a nuestra lengua.

-       Interesante pregunta la que hace usted, y de gran importancia sin duda. Ambos conceptos están vinculados a la tercera revolución industrial, la que supuso desde mediados del siglo XX la expansión de las nuevas tecnologías con las TIC a la cabeza – comenzó exponiendo el profesor recordando sus días de docente.

-       Sí, estoy familiarizado con ese periodo, es de los pocos de los que quedan vestigios directos –puntualicé mostrando mi atención.

-       Exacto. El caso es que la “sociedad de la información” pone el énfasis en la tecnología y el acceso a datos e información. Por el contrario, en la “sociedad del conocimiento” lo que se hace es establecer un espacio para elaborar y compartir de manera colectiva conocimiento. Ello nos lleva a la necesidad de discernir la diferencia entre información y conocimiento que usted conoce perfectamente.

-       Claro profesor, la información es un conjunto de datos interpretados suscritos a un contexto determinado mientras que el conocimiento es lo que nos permite convertir información en acciones concretas. En cierto modo el conocimiento es la abstracción y generalización de la información para su uso en múltiples y nuevos contextos. Si le digo que hoy el día es soleado estoy facilitándome información, si por el contrario le comento que los cuerpos con masa experimentan una fuerza gravitacional atractiva estoy compartiendo conocimiento.

-       En efecto, muy bien Talon. Es tal y como tu comentas. Entonces, ¿por qué era relevante la diferencia entre un escenario y el otro para esta civilización?

-       Teniendo en consideración lo anteriormente comentado, creo que en la “sociedad de la información” se establecería una desigualdad entre aquellos que poseen las capacidades y los medios para interpretar y usar adecuadamente bastas cantidades de información y los que no. Además, el conocimiento no fluiría de forma adecuada, por lo que se establecerían barreras a su libre compartición. Por el contrario, una verdadera “sociedad del conocimiento” constituiría un espacio abierto de compartición y creación del conocimiento lo cual supondría su democratización. ¿Estoy en lo cierto? –pregunte al profesor Arthur tras mi exposición.

-       Totalmente. Por ello, los estudiosos de las ciencias del conocimiento de este planeta eran conscientes del rol protagonista de la educación. No sólo para guiar a los ciudadanos en el acceso e interpretación adecuada de la información de cara a la generación de nuevo conocimiento, sino también para el asentamiento de una conciencia de ciudadanía digital orientada a la colaboración y el espíritu crítico constructivo. Educar en la “sociedad del conocimiento” era, para estas gentes, guiar a la ciudadanía en el proceso de adquisición de todas las habilidades que les permitirán participar plenamente de dicho espacio accediendo a contenidos, verificando su veracidad, interpretándolos, construyendo nuevo conocimiento y compartiéndolo libremente con el resto de la sociedad. Esa es la filosofía que hace avanzar a las sociedades como la nuestra. Sin embargo, después de analizar las fuentes de que disponemos, tengo serias dudas de que esta civilización llegase realmente a alcanzar la “sociedad del conocimiento”. Piensa en nosotros, todos estamos conectados a los sistemas centrales del alto mando y compartimos directamente pensamientos. No existen diferencias a excepción de aquella información cuyo acceso está restringido por motivos de seguridad, lo cual se reserva para casos excepcionales.

-        ¿Quiere decir que en esta civilización no ocurría lo mismo? ¿No todos estaban interconectados como nosotros? –interrogué con interés.

-       No, para nada. Ese era un tema que tenía muy preocupados a nuestros colegas terrestres de las ciencias del conocimiento. Ellos denominaban a este fenómeno “brecha digital” [3][4][5], un término muy descriptivo que habla por sí solo.

-       ¿Brecha digital? Me resulta familiar de haberlo leído en algún documento pero no estoy familiarizado con los detalles, disponemos de poca información al respecto. –comenté abiertamente.

-       Es lógico, el hecho de llevar un tiempo trabajando aquí me otorga cierta ventaja. Respecto a la brecha digital, algunas fuentes [3] distinguen dos aspectos fundamentales que la constituían: la posibilidad o no de acceder a la sociedad del conocimiento y la capacidad o no para participar plenamente de ella. Ambos aspectos constituían una preocupación tan importante que existen registros de multitud de iniciativas de los diferentes gobiernos terrestres para corregir estas desigualdades (Agenda Digital Europea, Plan de Banda Larga…) [6][7][8][9]. Incluso algunos organismos internacionales dedicaron esfuerzos a medir y hacer un seguimiento de las desigualdades existentes a este respecto a nivel global para buscar las mejores maneras de subsanarlas [18]. En cualquier caso, retomando nuestra reflexión sobre la definición de la brecha digital, ¿te suena el término Internet?

Diagrama de las dimenciones principales de la brecha digital

Representación en cuadrantes de los niveles de acceso y “disfrute pleno” de la sociedad del conocimiento (elaboración propia)

-       Si, estoy muy familiarizado con Internet. En sus orígenes era una red de ordenadores interconectados entre sedes de diferentes organismos de la Tierra, pero con el tiempo alcanzó dimensiones globales dando lugar al surgimiento de un espacio social virtual que cambió para siempre la civilización. Parece ser una versión primitiva de nuestra “consciencia colectiva” (nombre con el que designamos nuestra capacidad para intercambiar pensamientos libremente entre nosotros si no estamos físicamente cercanos).

-       Veo que te has estado preparando para esta misión. Te lo comento porque, en último término, la “brecha digital” estaba, para esta civilización, estrechamente vinculada a Internet. Como bien dices era su equivalente a nuestra “consciencia colectiva” y la posibilidad de acceder o no a Internet o, aun accediendo, de poder sacar provecho de sus posibilidades, representaba una enorme diferencia. Tienes que comprender que, en un momento en el que estaba naciendo la “sociedad del conocimiento”, verse incapaz de participar de ella era equivalente a no existir en este espacio o, como poco, sufrir de una forma de marginación.

-       Claramente. Sólo pensar en lo que sería no poder compartir pensamientos con los demás me hace sentir una gran soledad. Para nosotros, estar conectados es algo intrínseco a nuestra existencia, es difícil imaginarse la vida de otro modo.

-       Otra cosa que debes entender es que la “brecha digital” no la sufrían sólo personas concretas.

-       ¿A no? –respondí perplejo.

-       Para nada. La “brecha digital” podía afectar a familias, clases sociales, empresas, regiones o países –matizó el profesor.

-       Comprendo a qué se refiere. Si por ejemplo un país sufría de altos índices de pobreza la resultaría muy difícil integrarse en la “sociedad del conocimiento” ya que, al fin y al cabo, tiene un gran soporte tecnológico que requiere de inversiones.

-       Ese es un buen ejemplo, pero existen otros muchos modos en los que se puede manifestar la “brecha digital”. Puede tratarse de un problema de renta disponible,  sobre todo en aquellas clases sociales, familias y países en donde existen acuciantes necesidades básicas. Por otro lado,  aunque pertenecer a una u otra generación no excluía a los individuos de participar de las TIC y la “sociedad del conocimiento”, si suponía un condicionante especialmente por las consecuencias competenciales y culturales que conlleva. Ten en cuenta que todos estos elementos supusieron importantes cambios culturales a finales del siglo XX, por lo que es de esperar que en la transición hacia la plena “sociedad del conocimiento” las generaciones anteriores se sintiesen menos cercanos a un mundo que no era el suyo de nacimiento. Por otro lado, en esta sociedad sólo existían partos naturales y se mantenían resquicios de estructuras familiares en las que el hombre y la mujer tenían roles asimétricos. Por ello, el acceso pleno a la “sociedad del conocimiento” también se vio influenciado por asimetrías de género, aunque no por motivos intrínsecos de la misma sino por causas culturales previas que afectaban a toda la sociedad.

-       Vaya, ¿en esta civilización el hombre y la mujer no tenían los mismos derechos? Tenía entendido que estaban razonablemente avanzados cultural y tecnológicamente –comenté sorprendido.

-       Es un asunto complejo Talon. Si que eran una civilización avanzada. De hecho, como sabes, dieron sus primeros pasos en la exploración espacial. Aun así, aunque la tecnología avance rápidamente, el ser humano y la cultura sociales tienen unos tiempos diferentes. A veces se necesitan generaciones para que una civilización evolucione culturalmente y, aunque en apariencia sus costumbres cambien relativamente rápido, es difícil modificar algunas construcciones sociales del pasado.

-       Es comprensible, al fin y al cabo las sociedades posen su propia inercia cultural –reflexioné hablando en alto sin darme cuenta.

-       Buen símil. Sin duda las sociedades son como un cuerpo en movimiento, tienden a mantener una trayectoria basada en el pasado y se necesita aplicar cierta fuerza para hacer que cambien de dirección –respondió complaciente el profesor.

-       Entonces, profesor, a las posibles fuentes causantes de la “brecha digital” que usted acaba de comentar (renta, generacional y diferencias de género) habría que añadir las diferencias territoriales que ya hemos comentado y las diferencias competenciales debidas a la capacidad para tomar pleno provecho de la sociedad del conocimiento. ¿No? –interrogué al profesor recopilando los puntos de nuestra conversación.

-       Si, pero todavía nos dejamos dos aspectos importantes: los condicionantes culturales y la percepción que tenga cada individuo o grupo social respecto de la necesidad de implicarse en la sociedad del conocimiento –puntualizó Arthur.

-       ¿Condicionantes culturales? ¿Necesidad de implicarse en la sociedad del conocimiento? Creo que no comprendo a qué se refiere profesor.

-       Lo que trato de exponer es que la cultura esta constituida, al fin y al cabo, por una serie de creencias, costumbre y valores. Por ello no toda cultura es igualmente permeable a nuevos factores como la sociedad del conocimiento. En algunos casos los individuos serán más reacios a considerar estos nuevos espacios sociales como propios y se implicarán en menor medida en ellos, al menos en un primer momento. ¿Has leído sobre los Amish?

-       ¿Los Amish profesor? Lo lamento pero no estoy familiarizado con ese término –reconocí con sinceridad mientras tomaba otro vaso de agua.

-       Eran un grupo etnoreligioso de este planeta que renegaba de muchos aspectos tecnológicos de la vida diaria. Originalmente poseían una identidad cultural muy diferenciada y ello les llevó, entre otras cosas, a verse alejados del nuevo espacio que constituía la sociedad del conocimiento. Evidentemente, con el paso del tiempo fue imposible que se mantuviesen totalmente al margen del mundo que les rodeaba y fueron incorporando elementos culturales tecnológicos.

-       Vaya, una cultura que renegaba de lo que ellos consideraban tecnología moderna. Cuesta creer que pueda existir algo así. Profesor, ¿y lo que comentaba de la necesidad por implicarse en la sociedad del conocimiento?

-       Es verdad, casi me olvido. Como ya sabes la sociedad del conocimiento se tradujo en el surgimiento de un nuevo espacio social así como grandes oportunidades en todos los ámbitos. Sin embargo, la implicación de los individuos con este nuevo espacio podía verse condicionada por su interés y la necesidad que perciban de hacer uso de ese nuevo espacio. Imagínate el caso de un joven que nace en una sociedad en la que las nuevas tecnologías están plenamente desarrolladas y se usan por todos de forma cotidiana. Cuesta creer que ese individuo no tenga interés en implicarse en ese espacio porque el grupo social en el que ha nacido está en él y no participar activamente podrá ser equivalente a la exclusión social.

-       Totalmente profesor, sería normal que cualquiera en un entorno así se intente integrar participando de la sociedad del conocimiento. Ahora entiendo a lo que se refiere con interés por participar de la sociedad del conocimiento.

-       Ahora, Talon, imagine un joven que nace en una comunidad Amish. Puede que ese joven tenga contacto con otras culturas y quiera participar de la sociedad del conocimiento pero, ¿qué interés puede tener en ella si todo su círculo social reniega de ese espacio o incluso lo consideran pernicioso?

-       Mucho menor sin duda, al fin y al cabo, todos queremos sentirnos aceptados.

-       Efectivamente querido Talon, y ese es sólo uno de los elementos que impulsan dicho interés. Existen otros como, por ejemplo, como de necesario creas que resulta ese nuevo espacio para desempeñar tu rol en la sociedad…-comentó el profesor deteniéndose súbitamente por un fuerte ruido que se extendió por toda la nave.

Gráfico: Dimensiones de la brecha digital

Diagrama representando los principales factores que inciden en la brecha digital (elaboración propia)

El transporte comenzó a tambalearse y se comenzaron a escuchar chirridos procedentes del casco. Tanto el profesor como yo mismo nos quedamos inmóviles como dos animales que, temerosos, se cobija en su madriguera esperando a que pase el peligro. La taza de café del profesor, todavía a medio beber, cayó por el suelo derramando su contenido. En ese momento, se acercó una figura para recogerla:

-       Aún sigues empeñado en tomar este brebaje, Arthur –inquirió de improvisto un hombre de avanzada edad y tez pálida mientras recogía la accidentada taza.

-       Como te he dicho en numerosas ocasiones Walter, este brebaje, como tú lo llamas, me ayuda a concentrarme mejor. Por cierto, creo que no os conocéis, Walter, este es Talon, un joven alumno mio –dijo el profesor extendiendo su mano hacia mi-. Talon, este es el profesor Walter y precisamente su especialidad es la inteligencia colectiva y el acceso al conocimiento.

-       Encantado profesor Walter. Si no recuerdo mal, es usted uno de los pocos autores que tiene obra publicada sobre la inteligencia colectiva en el contexto de la sociedad terrestre. He leído con interés sus reflexiones sobre Pierre Lévy durante mi preparación para esta misión.

-       Por amor de Dios, Arthur, sí que debiste hacer un buen trabajo, este chico conoce incluso obras consideradas menores. Nunca pensé que una reflexión tal especializada y alejada de nuestros estándares pudiese suscitar interés en las mentes jóvenes –dijo con entusiasmo el profesor Walter.

-       El mérito no es mío Walter, yo sólo le he ayudado a avanzar en la dirección en la que él ha querido ir. Siempre mostró interés por el estudio de la cultura y el pensamiento de otras civilizaciones –respondió modestamente el profesor Arthur.

-       Como bien sabéis, apenas hemos podido recuperar una pequeña fracción del acerbo cultural de esta antigua civilización terrestre. Sin embargo, de entre lo poco que hemos recuperado, la obra de este autor (Pierre Lévy) me ha llamado poderosamente la atención [11][12][13][14][17]. Pierre Lévy, pese a vivir en una incipiente sociedad del conocimiento pronto centró su atención en tres elementos extremadamente importantes a largo plazo: la inteligencia colectiva, el acceso al conocimiento y las ciberculturas. Aunque no lo hemos podido confirmar, se intuye que estos temas han inquietado en su día a un gran número de pensadores de esta civilización. Pierre traza hábilmente una descripción de la evolución de la sociedad terrestre en sucesivos espacios estratificados [11]:

  • La Tierra (primer espacio): el espacio más primigenio vinculado a los mitos, los ritos y la religión (entendida en su sentido más amplio) en el que el hombre lleva un modo de vida esencialmente nómada.
  • El espacio de los territorios (segundo espacio): a partir del neolítico, con la aparición de la agricultura (es decir, avances en la técnica), las “ciudades” (y con ellos nuevas estructuras sociales) así como la escritura.
  • El espacio de las mercancías (tercer espacio): caracterizado por el flujo de todo tipo de elementos (mercancías, información, mano de obra, técnicas, materias primas…) entre los territorios físicos que se comenzaron a formar en el anterior estrato.
  • El espacio del conocimiento: que conforma una nueva dimensión que ponga el énfasis en la construcción social de conocimiento y hacia la que, según el propio Pierre, estaba tendiendo la sociedad de su tiempo.

-       Cuando leí la descripción de Pierre Lèvy de los espacios estratificados en su obra me sentí impresionado de la lucidez del planteamiento –dije interrumpiendo al profesor Walter-. Pero si tuviese que destacar una cosa de ese autor sería sin duda su visión de la inteligencia colectiva como un fenómeno distribuido, coordinado en tiempo real y movilizador de competencias orientado al enriquecimiento y reconocimiento mutuo de los individuos. Esa descripción me pareció tan aplicable a una civilización tan avanzada como la nuestra que cualquiera diría que su formulación resultó ser clarividente –manifesté con sincera admiración.

-       No hay duda de que el estudio de esta civilización promete grandes cosas. Es una lástima que con el paso del tiempo sólo nos hayan llegado pequeños fragmentos de su pensamiento, una verdadera lástima –lamentó Walter mientras llenaba un vaso de agua-. Continuando con nuestro querido amigo Pierre, ¿sabes otra cosa que le obsesionaba respecto del conocimiento? –me preguntó directamente.

-       ¿Su acceso y organización? –respondí dubitativo con el vaso de agua a medio camino del siguiente sorbo.

-       ¡Exacto! Su opinión era que los buscadores de contenidos de la época presentaban importantes carencias y sesgos que dificultaban el correcto acceso y organización del conocimiento. Y en buena parte no le faltaba razón. En su época se produjo una explosión exponencial en la generación de contenidos, lo que ellos mismos llamaban intoxicación. ¿Estas familiarizado con Internet no?

-       Por supuesto que si –respondí con seguridad.

-       El problema que empezaron a encontrarse fue que resultaba arduo categorizar y verificar las ingentes cantidades de información a las que se podían acceder a través de Internet. Cuando el conocimiento se compartía por medios más arcaicos como la publicación de libros, su propio coste y el trabajo necesario suponían un filtro natural. Cuando ese filtro desapareció, el crecimiento en la cantidad de contenidos excedió con mucho el aumento en su calidad. Uno de los problemas que se presentaron entonces, además de la identificación de la fiabilidad de las fuentes, fue la organización de todo ese conocimiento. La mayor parte de los buscadores de aquel entonces organizaban y priorizaban la importancia de los contenidos basándose, en cierta medida, e la popularidad de los mismos. Además, los buscadores se volvieron una ventana tan importante para acceder a la sociedad del conocimiento que tan sólo omitiendo en ellos un contenido, este se volvía virtualmente invisible a ojos de los ciudadanos.

-       Eso levantaría muchas suspicacias me imagino –comenté mirando con atención a Walter.

-       Sin duda, muchos opinaban que no era un mecanismo adecuado de estructurar el conocimiento. Por ello, Pierre propuso un nuevo paradigma organizativo fundamentado en un metalenguaje que permitiría condensar el conocimiento de diferentes lugares del ciberespacio y expresarlo en términos computables por una máquina. Los propios usuarios definirían las dimensiones geométricas del saber (aquello que les interesa) y el metalenguaje propuesto lo único que haría sería expresar relaciones y relevancias en base a esas dimensiones con la particularidad de que sería la propia cultura del usuario la que fijaría las prioridades y no un algoritmo fijo desarrollado por nadie –continuó exponiendo el profesor Walter. 

-       Con eso entiendo que lo que Pierre pretendía era trasladar el control de la exploración del ciberespacio a los propios ciudadanos y no a los buscadores. ¿No? –pregunte.

-       Claramente eso parece, Talon –asintió el profesor Arthur.

-       En efecto, y Pierre fundamentaba ese mecanismo en tres elementos:

  • La posibilidad de trazar una visión personal del ciberespacio.
  • La priorización en base a relevancia y proximidad conceptual y no en base a popularidad.
  • La creación de un verdadero espacio de conocimiento vivo, voluble y no condicionado artificialmente.

-       No puedo dejar de asombrarme de las similitudes que guarda el planteamiento de Pierre con nuestra “conciencia colectiva” –dije mientras el profesor Walter se tomaba una pausa para beber-. Nosotros, debido al vínculo mental que compartimos podemos tener acceso directo al conocimiento de cualquier otro individuo u entidad artificial. Es como el ciberespacio terrestre pero sin soporte tecnológico que hemos construido gracias a la ingeniería genética. Si nos encontramos con un problema que requiera conocimientos especializados de ingeniería sólo tenemos que lanzar ese pensamiento y las mentes receptivas al mismo compartirán su conocimiento con nosotros estableciendo un diálogo.

-       Si, si lo piensas detenidamente, en nuestra civilización es como si nosotros mismos estuviésemos biológicamente integrados en la sociedad del conocimiento. Es una evolución lógica una vez una civilización domina la ingeniería genética –coincidió en apuntar el profesor Arthur.

-       Aunque la conversación está siendo de gran interés, parece que se requiere mi presencia en el satélite terrestre –interrumpió Walter tras mostrarse ausente durante unos segundos.

-       ¿No nos acompañas a la superficie? –le interrogó Arthur desconcertado.

-       Muy a mi pesar no. Parece que han encontrado algo muy interesante aquí, en el satélite terrestre y quieren la opinión de un experto en ciencias del conocimiento. Dado que el alto mando no desea retrasar más la exploración de la superficie terrestre dividirán nuestro equipo en dos –respondió Walter.

-       Eso parece, acabo de recibir la replanificación del alto mando. Parece que yo coordinaré el equipo terrestre y tú el Lunar, Walter. La suerte te sonríe, Walter, tengo un gran interés en saber qué es lo que encontraron en este inhóspito lugar que pueda ser de nuestro interés. ¿No estuvo siempre deshabitado?

-       Eso tenía entendido pero se trata de un descubrimiento alfa así que no podré compartir nada contigo –lamentó Walter.

-       Y nosotros vanagloriándonos de nuestro aperturismo con el conocimiento, vaya por Dios –comentó burlonamente Arthur.

En ese momento se separaron nuestros caminos, Walter se quedó en la Luna (nombre con el que los antiguos se referían a este satélite) mientras que Arthur y yo nos acercamos a conocer en persona al resto del equipo que nos acompañaría en la superficie terrestre: Emma, experta en comunicaciones y ciencias de la computación; Tom, especialista en el estudio de lenguas antiguas y quizás el mayor experto en “inglés” y “castellano” (las dos lenguas terrestres con las que más familiarizados estamos) y Elisabeth, la más experimentada del grupo y especializada en el estudio de las ciencias del conocimiento en civilizaciones antiguas. Unidos conformaban un equipo excepcional, había estudiado gran parte de su obra y, pese a la juventud de algunos, todos eran considerados entre los mejores en sus especialidades. Cuesta imaginar cómo de extraordinario sería el grupo original que tenían pensado destinar a la superficie terrestre si ellos constituyen tan sólo la mitad de él. Sin duda el alto mando tiene un interés extraordinario en el estudio de esta civilización si moviliza para ello a algunos de sus mejores expertos.

Una vez reunido el equipo al completo, y gracias a nuestra “consciencia colectiva”, pudimos retomar todos juntos el debate que estábamos manteniendo con Walter:

-       De modo que también a los jóvenes os interesa la cultura de las civilizaciones antiguas –dijo Elisabeth mirándome directamente.

-       Al menos en lo que a mí respecta si –respondí con sinceridad.

-       Extraño sin duda, hoy en día apenas tenemos a jóvenes interesados en ese campo, ¿no es cierto Arthur? –pregunto Elisabeth mirando de reojo a Arthur, quien todavía portaba una taza de café.

-       Mal que me pese así es –respondió Arthur en una pequeña pausa mientras soplaba para enfriar su café.

-       Veo que estabais hablando de Pierre Lèvy pero os dejasteis en el camino un tema importante –prosiguió Elisabeth retomando nuestro tema de conversación anterior.

-       ¿También conoces la obra de Pierre? –pregunté.

-       Por supuesto, puede que no haya publicado nada específico sobre ese autor pero lo conozco perfectamente, es de lo poco que hemos recuperado en nuestras primeras exploraciones –dijo enérgicamente Elisabeth.

-       ¿Y cuál es ese tema importante que nos hemos dejado en el tintero Walter, Arthur y yo?

-       La cibercultura –respondió Elisabeth mientras se preparaba su propia taza de café.

-       ¡Pues claro! –exclamé en alto-. La sociedad del conocimiento, principalmente a través de Internet, revolucionó la cultura pre-existente dando lugar a un nuevo espacio social. ¿Cómo hemos podido olvidar algo tan importante?

-       Bueno, por lo que sé fuisteis interrumpidos por la accidentada llegada del transporte a la Luna –comentó Elisabeth mientras señalaba hacia el satélite todavía visible a través del mirador de la cafetería-. Estoy segura de que Arthur pensaba sacar el tema a colación.

-       Eso tenía pensado hacer, tan sagaz como siempre Elisabeth, en ocasiones me da miedo tu intuición –dijo Arthur sonriendo-. Las TIC y la sociedad del conocimiento transformaron totalmente la civilización terrestre entre el siglo XX y XXI hasta su súbita desaparición. Tal y como estábamos comentando anteriormente con Walter, esos cambios ni llegaron al mismo tiempo a todos los territorios e individuos ni los implicaron en la misma medida.

-       La brecha digital –aclaré.

-       La llamada brecha digital, efectivamente. Según se extendía la sociedad del conocimiento las costumbres cambiaban a medida que se iban liberando de barreras espaciales y temporales a la comunicación –prosiguió Arthur-. Todo empezaba a ocurrir de forma inmediata y en cualquier lugar, supuso un gran cambio.

-       En ese contexto –interrumpí continuando con la reflexión de Arthur-, la obra de Pierre Lévy menciona como, a su modo de ver, la sociedad había ido evolucionando a través de tres fuerzas tractoras: el lenguaje, la técnica y las estructuras sociales complejas. Su influencia mutua ha sido, a ojos de este autor, el verdadero impulsor al desarrollo de la humanidad desde la misma aparición del lenguaje. Sin embargo, es en la cibercultura en donde más explícita es su cercanía dado que se vuelve imposible entender la cultura sin la sociedad o la técnica; que se han vuelto indivisibles.

-       Y elementos como la digitalización de la información, la virtualidad, el hipertexto, las hipermedias, las simulaciones, la interactividad o las realidades virtuales o las redes sociales se vuelven elementos integrales de la paisajística cultural –interrumpió Elisabeth-. Sin embargo, tal y como es evidente a lo largo de toda la obra de Pierre, la cibercultura no se opone o sustituye a la cultura anterior a la sociedad del conocimiento sino que la extiende y renueva haciéndola más rica y variada

En ese momento todos nos quedamos paralizados al unísono. Un aviso por parte de los pilotos nos comunicaba de nuestra inminente llegada a la superficie terrestre. A través del mirador de la cafetería en donde nos encontrábamos (un lateral por el que era visible el paisaje exterior al igual que lo había sido en la enfermería del Aurora) pudimos ver un paisaje plagado de nubes esponjosas, pequeñas llanuras y frondosos bosques salvajes. Para un grupo de viajeros acostumbrado a habitar en naves o estaciones espaciales aquello era un regalo para la vista, por fin habíamos llegado a nuestro destino final.

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Análisis y reflexiones en torno a la brecha digital

Pierre Lévy: Inteligencia colectiva y acceso al conocimiento

La cibercultura según Pierre Lévy

Midiendo la Sociedad del Conocimiento

 

Referencias bibliográficas

[1] Informe Mundial de la UNESCO (2005). Hacia las sociedades del conocimiento. Editorial UNESCO.

http://unesdoc.unesco.org/images/0014/001419/141908s.PDF

[2] La sociedad de la información y su impacto en la sociedad (UNESCO) (Disponible en:http://www.unesco.org/webworld/wirerpt/wirenglish/chap20.pdf)

[3] Information society statistics at regional level (2013)

http://epp.eurostat.ec.europa.eu/statistics_explained/index.php/Information_society_statistics_at_regional_level

[4] From the 'Digital Divide' to 'Digital Inequality':  Studying Internet Use as Penetration Increases (2001)

http://www.maximise-ict.co.uk/WP15_DiMaggioHargittai.pdf

[5] The ‘Digital Divide’: A Discussion Paper (2001)

http://www.cse.dmu.ac.uk/~ieb/digital%20divide.pdf

[6] Web principal de la red CeMIT de la Xunta de Galicia

http://imit.xunta.es/portal/dinamizaciondasociedadedainformacion/rede_cemit/Entidades_colaboradoras.html

[7] Web principal de la Axenda Dixital de Galicia de la Xunta de Galicia

http://amtega.xunta.es/colectivos/outras-administracions/axenda-dixital/axenda_dixital/#

[8] Web principal del Plan de Banda Larga de la Xunta de Galicia

http://imit.xunta.es/portal/telecomunicacion/planbandalarga/presentacion_pbl.html

[9] Referencia en la web de la AMTEGA (un organismo autonómico) a cursos de alfabetización digital en la red CeMIT

http://amtega.xunta.es/portal/actualidade/novas/2011_04_29_cemit_burela.html?__locale=es

[10] Hacia las sociedades del conocimiento (2005). UNESCO.

http://unesdoc.unesco.org/images/0014/001419/141908s.PDF

[11] Lévy, P. (1994). L'intelligence collective: pour une anthropologie du cyberspace(Vol. 11). Paris: La Découverte.

http://inteligenciacolectiva.bvsalud.org/public/documents/pdf/es/inteligenciaColectiva.pdf

[12] Lévy, P. (1997). Cyberculture: rapport au Conseil de l’Europe. Odile Jacob.

http://books.google.es/books?hl=es&lr=&id=DwGhAgAAQBAJ&oi=fnd&pg=PT13&dq=L%C3%A9vy,+P.+(1997).+Cyberculture:+rapport+au+Conseil+de+l%E2%80%99Europe.+Odile+Jacob.&ots=zyt8332deC&sig=R05pJ3zRfsA3ntZYltYHoXRAPVw#v=onepage&q&f=false

[13] Lévy, P.  (2007). Cibercultura. La cultura de la sociedad digital. Barcelona, Anthropos, 2007. 230 páginas.

http://antroporecursos.files.wordpress.com/2009/03/levy-p-1997-cibercultura.pdf

[14] Lévy, P. (2010) Cibercultura. Editora 34

http://books.google.es/books?hl=es&lr=&id=7L29Np0d2YcC&oi=fnd&pg=PA11&dq=L%C3%89VY,+Pierre.+(2010)+Cibercultura.+Editora+34+&ots=ghYxxESDcj&sig=19uNgV6fCY1XvWkFdZwPxc37rRs#v=onepage&q=L%C3%89VY%2C%20Pierre.%20(2010)%20Cibercultura.%20Editora%2034&f=false

[15] White, Leslie A. (1992): "La energía y la evolución de la cultura". En: Bohannan, P y Glazer, M. (comp): Antropología. Lecturas. McGraw-Hill. Madrid.

http://www.jstor.org/discover/10.2307/663173?uid=3737952&uid=2&uid=4&sid=21103441420321

[16] Harris, M. (1998). Theories of culture in postmodern times. Rowman Altamira.

http://books.google.es/books?hl=es&lr=&id=3cczAAAAQBAJ&oi=fnd&pg=PP2&dq=Harris,+M.+(1998).+Theories+of+culture+in+postmodern+times.+Rowman+Altamira.&ots=YGmUCpsuzd&sig=JTyVZCIqiOVr8UCo10KPiNVHxbo#v=onepage&q&f=false

[17] Lévy, P., & Levis, D. (1999). ¿Qué es lo virtual?

http://www.hechohistorico.com.ar/Archivos/Taller/Levy%20Pierre%20-%20Que%20Es%20Lo%20Virtual.PDF                         

[18] UIT (2013). Medición de la sociedad de la información.

http://www.itu.int/en/ITU-D/Statistics/Documents/publications/mis2013/MIS2013-exec-sum_S.pdf