La llegada a Santiago de Compostela: Reflexiones de una peregrina.

La llegada a Santiago de Compostela: Reflexiones de una peregrina.


Después de tres meses y medio caminando a lo largo de pueblos, bosques y senderos, con lluvia o nieve, con viento o niebla, con cansancio y hambre, ahora nos disponemos a entrar en nuestra ya tan soñada Compostela. Y es en este preciso momento, cuando atisbamos la catedral de Santiago a lo lejos, cuando nos damos cuenta que todo nuestro esfuerzo ha merecido la pena.

Comenzamos a caminar y la catedral cada vez está más cerca. Nos sentimos nerviosos e impacientes porque ya nos queda nada…pero seguimos caminando juntos hasta el último momento.

Y… al fin aparece: ¡La Catedral de Santiago! Es más bella de los que mis sueños me habían mostrado. No podemos dejar de observarla. Estamos perplejos y algo empieza a fluir en nuestras mentes. Yo y el resto de peregrinos nos quedamos en silencio durante casi quince minutos. Es el momento de reflexionar sobre lo que ha supuesto para cada uno de nosotros/as esta gran aventura.

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 Lo cierto es que todo gran viaje comienza con un primer paso, con una decisión y con una pregunta. Yo ahora me alegro de haberlo hecho.

Cada persona ha ocupado y ocupa un espacio y un lugar en el Camino, pero sólo unidos, nos hemos hemos hecho más fuertes y nos hemos convertido en verdaderos peregrinos. Este viaje me ha demostrado que si pensamos en grande,  colaboramos y permanecemos juntos, nuestros hechos crecerán, porque nuestro límite está allí donde nosotros mismos lo percibamos.

Sin embargo, a lo largo de nuestra aventura nos hemos encontraremos con numerosos obstáculos que nos han hecho replantearnos volver a casa. En ocasiones, hemos visto cómo todas las puertas se nos iban cerrando, cómo el dolor de pies nos impedían segrui caminando o como el sol o la lluvia se convertía en un verdadero enemigo; pero a pesar de todo ello,  al final, siempre ha aparecido un puente que nos ha permitido seguir avanzando.

Asimismo, ahora sabemos que la belleza se mide por dentro y que el fruto del trabajo es a veces impagable. Y es más, por muy pesado que el camino nos haya parecido o  por muchas ganas que tuviéramos de abandonarlo, siempre hemos encontrado un motivo para seguir caminando: un amigo que nos estrecha su mano,  una sonrisa de un anciano o simplemente una señal del camino que nos guía y anima a seguir caminando.  Tan sólo hemos tenido que permanecer atentos, porque siempre ha aparecido, adoptando formas diferentes pero marcando siempre el camino.

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También, he comprendido cómo la batalla de la vida no la gana siempre el más fuerte o el más rápido; que la persona que gana es aquella que cree poder hacerlo, que tiene ganas y que lucha por conseguirlo. Además, pude a lo largo de las rutas pude compobar en propia piel que no hay mejor bastón en el que apoyarnos que nuestros propios compañeros. Compartir es crecer y  la mejor forma de integrarse y formar parte de un grupo es caminar junto a él.

 

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Es curioso pero a lo largo de todo el camino, no he dejado ni un minuto de aprender. Nada de lo que nos rodea es nuestro y no hay mejor profesora que la propia vida y las personas que nos rodean. Por ello, hemos de aprovecharla y vivir cada momento como si fuera el último.

 

Y ahora que alcanzamos nuestra meta, sabemos que la meta consiste en seguir caminando. Por todo ello, sólo me queda decir que cuando pasen los años y recordemos estos momentos, miraremos hacia atrás con la nostalgia de haber vivido  una experiencia inolvidable: El Camino de Santiago

 

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