9. Séptima parada: El orientador en Educación Secundaria como agente de cambio

En este punto del camino se empieza a tener una visión más clara de lo que supone la realización del mismo, y como previamente ya se había hablado de la figura del orientador en un centro educativo, en esta parada se profundizará en la importancia del orientador como agente de cambio en Educación Secundaria.

La  necesidad de incrementar la calidad de la educación pasa necesariamente por prestar especial atención a la mejora cualitativa y cuantitativa, de los centros educativos. La investigación y la práctica educativa han evidenciado que para que esto sea posible de manera sostenida, hay que centrar los esfuerzos en que las escuelas desarrollen sus capacidades internas para el cambio (Harris, 2001; Hargreaves y Fink, 2006)

Pensar en el orientador como agente interno de cambio implica, por un lado, poner en valor la formación recibida que le capacita como agente facilitador para el cambio de la escuela. Por otro lado, preguntarse de qué manera puede este profesional colaborar para generar una cultura de mejora, fomentar la capacidad de cambio y optimizar el aprendizaje de la comunidad escolar de modo que se garantice la calidad de la enseñanza. Finalmente, reconsiderar su labor transformándole en un líder educativo dentro de los centros.

Ser un facilitador para el cambio implica en este caso saber acompañar a las personas en el proceso, de modo que no se generen resistencias que atenten contra los esfuerzos de mejora y evitando que dicho proceso se obstaculice por esta misma causa (Giné, 1995).

Si bien la labor a realizar por el orientador en los centros de la etapa primaria y secundaria es de naturaleza distinta, es necesario poner de manifiesto las funciones y tareas que, en su mayoría olvidadas, ha de realizar el orientador en su labor diaria:

  • Orientar la labor del docente hacia la mejora de los estudiantes.
  • Motivar a los profesionales de la institución educativa.
  • Dotar al profesorado y al equipo directivo de estrategias para la resolución de problemas dentro y fuera del aula.
  • Enfatizar los valores de respeto, solidaridad e igualdad en el clima del centro.
  • Potenciar la convivencia entre los miembros de la comunidad educativa.
  • Guiar la labor directiva para que responda a los requerimientos y debilidades de la comunidad educativa.
  • Apoyar al estudiante en su desarrollo educativo, emocional y profesional.

Su capacitación a nivel pedagógico, psicológico, estratégico y mediador le permite desempeñar su trabajo en el centro con unos y otros miembros de la comunidad educativa. Es por ello que resulta una figura relevante para hacer realidad el cambio interno en la escuela.

Centrándonos en las funciones o papel del orientador en la Educación Secundaria, nos debemos dirigir al ámbito del centro para enmarcar la figura del orientador en esta etapa.  Las funciones que han de ejercer los orientadores, y por tanto el Departamento de Orientación en esta etapa educativa son numerosas, pero se pueden agrupar de diferente manera, siguiendo a Sanz Oro (1999):

- El apoyo al proceso enseñanza-aprendizaje

- Orientación académica y profesional

- Acción tutorial

- Enlace con los servicios de apoyo externo

- Atención especial a los programas de integración  escolar de alumnos con minusvalías, programas de diversificación curricular y de garantía social.

Estas funciones citadas no son sólo de carácter orientador sino que además tienen un carácter curricular. Los orientadores del Departamento han de conocer las necesidades educativas y orientadoras del centro para que en función de éstas, tracen un Plan de Orientación y Acción Tutorial que se incluirá en los Proyectos Curriculares de Centro.

Hoy en día el oficio del orientador en los espacios educativos hace doblete: en el sentido de que, por un lado es el profesor de materias impartidas y por otro es el orientador propiamente dicho del centro, siendo la acción del orientador colaborativa y democrática, entendiendo la acción como conjunta y reconociendo la capacidad, autonomía y poder por ambas partes.

La relación entre directores y orientadores no solo es importante en tanto y en cuanto ambos se hallan en posiciones que ofrecen numerosas oportunidades para unirse en las prácticas de liderazgo, sino que, además, pueden realzar su mutua influencia (Stone y Dahir, 2006).

Asimismo y en cuanto a su relación directa con las aulas, una de las funciones del orientador estribaría en la estrecha colaboración con los docentes en sus actividades cotidianas, llevando a cabo una labor de seguimiento y apoyo que haga hincapié en aquellas dimensiones curriculares que más afecten y repercutan en el aula (Pérez Ferra y Quijalo López, 2000; Bolívar, 2001).

Pero, nunca se  debe presentar al orientador como experto poseedor de la teoría, ni al profesor como objeto de recomendaciones y prescripciones y en situación de inferioridad. La acción del orientador siempre será colaborativa y democrática, enten­diendo la acción como conjunta y reconociendo la capacidad, autonomía y poder por ambas partes. El carácter de colaboración nunca podrá ser oscurecido por la discontinuidad y debe ser realizada sobre el terreno y de modo periódico.

En esta dirección, la corresponsabilidad y la interdisciplinariedad aparecen como elementos clave del trabajo colaborativo entre profesores y profesionales de la orientación, ya que ambos agentes se complementan y se responsabilizan conjuntamente para mejorar los procesos de enseñanza en las aulas (Sánchez y García, 2005), tratando de detener y reducir el alarmante aumento de fracaso escolar en los centros de educación secundaria.

Por otro lado, el orientador debe procurar alcanzar una comprensión más amplia de la situación del alumnado para obtener un detallado diagnóstico del centro que permita atender aspectos fundamentales a considerar durante el diseño de cualquier proceso de cambio escolar.

Por tanto, el trabajo del orientador con los distintos agentes educativos es vital y resulta crucial recordar que el orientador ha de reunirse con el resto de profesionales para compartir sus habilidades y perspectivas para mejorar la práctica educativa en áreas tan trascendentales como son la planificación de la educación, la motivación académica, la evaluación, el descenso del fracaso escolar, la intervención con los estudiantes con necesidades educativas especiales y las cuestiones relativas a la diversidad del alumnado, con el objetivo de optimizar los resultados académicos de los estudiantes (Janson, Stone y Clark, 2009).