Reflexión sobre el artículo : El profesor, hoy (Antonio Nóvoa, traducido por Pablo Manzano)

El texto de Antonio Nóvoa, actual rector de la Universidad de Lisboa, se centra en algunos de los que aspectos que, a su entender, deberían estar entre los pilares de la refundación de la labor docente. Refundación necesaria a su juicio a raíz de los retos que plantean los tiempos actuales y que reclaman nuevas perspectivas con las que abordar la docencia.

Mucho se habla de la situación actual de la docencia, de su imagen social y de los retos que se le plantean pero el artículo que ahora analizamos toma una postura más universal y pausada de lo que suele ser habitual en el discurso público.

Partiendo de que el objetivo primario del autor semeja hacer un llamamiento a la reflexión en torno a la reformulación de la labor docente, tres son los aspectos que centran este artículo en concreto:

  • La atención al plano personal de los agentes que participan en los procesos de enseñanza-aprendizaje.
  • La manera de abordar la enseñanza en y para la sociedad así como la construcción de un espacio adecuado de trabajo colegiado docente.
  • La reflexión sobre la necesidad de abordar los grandes retos sociales y  científicos de la educación desde una perspectiva prudente y reflexiva.

En cuanto al primer punto mencionado, a lo largo del artículo se exponen conceptos de actualidad que abarcan desde el estudio del alumno como persona hasta la atención de la diversidad pasando por la motivación personal del alumnado o la necesidad de alumnos y docentes de desarrollar una historia de continuo desarrollo personal para construir una verdadera vida educativa. A este respecto, y a título personal, he de decir que la conceptualización contemporánea de la práctica educativa “ortodoxa” sigue adoleciendo de excesiva rigidez. Vivimos bajo la continua contradicción de trabajar con tiempos y espacios encorsetados, rígidos y prefabricados que por otro lado intentamos doblegar forzadamente en lo que llamamos “atención a la diversidad”. Un nombre que casi suena como si lo diferente fuese una anomalía a tratar y que apenas llega a esconder que la escuela moderna necesita integrar en su ADN lo diferente y lo diverso como algo estructural y transversal. Ya no puede seguir viviendo de sucesivos parches sobre estructuras pasadas. Necesitamos que en la propia estructura, tiempos y espacios educativos sus protagonistas (los alumnos) tengan un mayor grado de libertad para construir su propia historia personal. No se trata de hacer que la escuela traicione sus principios, ni que se deje a un lado la dimensión social de la misma sino todo lo contrario, que los protagonistas del relato educativo dejen de ser espectadores a los que se les impone todo y pasen a ser protagonistas motivados por decidir, probar, errar, rectificar y aprender. Y es que en último término, el alumno debe elegir querer ser instruido o no existirá proceso alguno de enseñanza-aprendizaje sino, en el mejor de los casos, una transferencia temporal de datos con la única finalidad de cumplir con las exigencias socialmente impuestas. Uno de los retos presentes es hacer que los alumnos tengan ansias y deseos constantes por aprender y, en mi opinión, hacerles más protagonistas de su propio proceso educativo puede que sea uno de los primeros pasos siempre que se logre aunar con la necesidad por educar para una realidad social determinada.

Si bien el tema tratado en el artículo siempre es dado a la polémica, es al llegar a lo que podríamos denominar como “enseñanza en y para la sociedad” cuando se tocan algunos puntos especialmente delicados. Antonio Nóvoa llama la atención sobre la diferencia entre educar en comunidad y educar para la comunidad así como las implicaciones políticas y éticas que tiene asociadas. De hecho, llega a criticar de forma enérgica la infantilización y la comunitarización de la escuela entendidos como una desvirtualización de la enseñanza que se da cuando esta deja de lado su sentido primordial. El autor no niega la utilidad del acercamiento al alumno, ni tampoco la necesidad de hacer permeable la escuela a la sociedad y sus tendencias o de construir un espacio de convivencia adecuado pero si llama a la prudencia respecto de estas tendencias. Prudencia, a mi entender, para no llegar al punto en que el continente (un formato amigable a los alumnos) sea más relevante que el contenido (lo que realmente se pretende construir con el proceso educativo). De la misma manera, la escuela no debe ser sólo un espacio de convivencia sino que también ha de serlo para la convivencia pues educar en y para la sociedad de ser uno de los pilares de la educación que, sin embargo, toca aspectos ideológicos y éticos extremadamente polémicos. A mi modo de ver, la educación renunciaría a una de sus razones de ser primarias si no se apostase por educar ciudadanos, si se primase la ideología individual a la convivencia colectiva o si las aulas se convirtiesen en foros ideológicos sesgados. A este respecto es necesario llegar a un equilibrio, un espacio común en donde la mayoría sino todos se puedan sentir cómodos y en donde los docentes no actúen como representantes de sí mismos ni de su ideología sino como representantes de toda la sociedad y depositarios de su voluntad expresada en aquellos valores, costumbres y comportamientos que nos unen a todos. Aun estando totalmente de acuerdo con que todo docente es un docente-persona (una simbiosis indisoluble de persona y profesional) no lo es menos que su mandatado social y los principios que deberían constituir su código deontológico le deberían llamar a reflexionar, no sólo sobre lo que él considera pertinente transmitir, sino lo que la sociedad en su conjunto espera de él como su representante. En este sentido, ejercer la docencia y la libertad de cátedra debe ser la expresión de un derecho individual que, como todo derecho, debería encontrar entre sus fronteras la concepción de la educación como una construcción social y del docente como representante.

También relacionado con el colectivismo y la educación encontramos el siempre inacabado trabajo colegiado, asociado o colectivo. Este es un aspecto de vital importancia, no sólo para definir una imagen socialmente clara e identificable de la docencia sino para impulsar la propia docencia. Un mayor sentido colectivo de la acción docente permitiría poner en valor cada minuto de experiencia docente, no ya sólo de cara a la reflexión personal sino de cara a la construcción, consolidación y evolución de un corpus de conocimiento del que nutrirse y al cual aportar conocimiento. Igual que una sociedad sin historia ni pasado no puede ir hacia adelante, la práctica docente difícilmente podrá responder a los retos que se le plantean si sus profesionales no construyen un verdadero relato colectivo.

Para finalizar, y en lo que se refiere a la prudencia docente, Antonio Nóvoa llama a ser humildes, cautos y reflexivos tanto en el plano social como en el tecnológico. Cautela necesaria para no confundir lo “nuevo” (o aparentemente nuevo) con lo mejor o lo adecuado, no equiparar cambio con avance ni construir un discurso social simplista y vacío que lleve a la frustración del que mucho le prometieron y poco le dieron. Y es que, yendo al plano técnico, se necesita reflexión y tiempo para que un cambio de formato o un nuevo soporte tecnológico no sea, como muchas veces ocurre, una manera diferente de hacer lo mismo sino una forma innovadora de darle una perspectiva diferente y enriquecedora al proceso educativo.

 

Fuentes Bibliográficas

Nóvoa, A  (2007). El profesor hoy. Revista Cuadernos de Pedagogía; Nº 374, pp. 21 - 25